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Madres como tú y como yo
María Solano

¿Cómo enseñarles a aceptar sus fracasos?

Cómo enseñar a los niños a superar sus fracasos
ISTOCK

Antes de que llegue la Navidad, hay que superar un importante trámite anual: la llegada de las notas del colegio. Y no siempre son buenas, a veces son rematadamente malas o, cuanto menos, peores de lo que podían haber sido. Así que la ocasión la pintan calva y podemos aprovechar para enseñarles a aceptar sus fracasos. No nos imaginamos el favor tan grande que les estaremos haciendo si lo gestionamos bien.

¿Por qué? Porque tenemos una generación de hijos "no resilientes". El 'palabro', "resiliencia", se ha puesto tan de moda que parece que uno tiene estudios de pedagogía o psicología si es capaz de engarzarlo tres veces en una conversación. El concepto es bastante más sencillo que el término. Significa que tenemos que educar a nuestros hijos con la capacidad de adaptarse a la frustración y conseguir superarla. Vamos, chicos fuertes que planten cara a la adversidad.

Pero nos dedicamos a hacer hijos 'flojitos', tiernos, llorones, que se hunden en la miseria cuando algo les va mal y se desesperan y retuercen cuando algo les va mal por su culpa. Incapaces de aceptar las cosas como son. Incapaces de hacer el esfuerzo para que cambien a mejor.

El problema viene de lejos, de una época en la que triunfó la idea de que si generábamos procesos de frustración en los niños, quedarían marcados de por vida. Y nos vendieron la burra de que si le gritamos en tono firme: "Ya está bien, eso no se hace", a lo mejor acababan frustrados y convertidos en un asesino en serie. Y lo último que querían los padres es ser culpables de haber generado un asesino en serie. Es evidente que ni Freud es capaz de relacionar una certera enmienda doméstica con un comportamiento a todas luces irracional. Pero sonaba bien y nos lo creímos.

Así que donde a nosotros nos habían dado leña -en el sentido literal o figurado del término- y cada suspenso traído a casa había supuesto un verdadero drama acompañado de castigo ejemplarizante de por vida, ahora los padres nos dedicamos a justificar lo injustificable. Lo hacemos en todos los campos, pero con las notas es un horror. Porque no hay constatación más tristemente objetiva de que hay un problema con el niño que un boletín de calificaciones negativo. Y podemos decir misa, pero el problema lo tiene el niño.


Pero llegan los padres amantísimos 'antifrustración' y encienden la temida máquina de las justificaciones: argumentos aparentemente verosímiles que quiten todo el peso posible al papel del niño en el suspenso.


Aquí, con una retórica a prueba de bombas, cabe prácticamente todo: que si tiene demasiados deberes, que si necesitaría que le mandasen más para casa; que si el colegio es excesivamente rígido, que si le falta disciplina; que si el niño llega agotado y no puede estudiar, que si le sobra energía y no puede concentrarse; que si con tanta extraescolar no hay manera, que si le faltan ratos de esparcimiento; que si los padres están muy encima, que si deberían prestarle más atención.

Por si fuera poco, arremeten contra el sistema, que parece tener siempre la culpa de lo que no hayan justificado con la retahíla anterior: este sistema no vale para él, él tiene otras inteligencias múltiples que hay que descubrir -qué daño ha hecho esta excusa*-, el profesor le tiene manía -como si el profesor tuviera tiempo de tenerle manía a alguien- y otras similares.

Qué duda cabe de que habrá más de un factor en el suspenso calentito recién sacado de las juntas de evaluación pero, no nos engañemos, en general, el grueso de la 'culpa' es del niño y haremos su vida infinitamente mejor si conseguimos trasladarle estas dos ideas: ellos lo han hecho mal y ellos pueden hacerlo bien.

Cuando los justificamos, no nos damos cuenta del terrible mensaje oculto que les estamos inculcando: "Da igual lo que tú hagas. Tu esfuerzo no vale para nada. Tú no puedes conseguirlo a menos que los demás te lo pongan en bandeja. Así que, casi es mejor que no te esfuerces". ¿De verdad es esa la enseñanza que queremos darles? Si queremos evitar su verdadera frustración y garantizar su autoestima, lo mejor que podemos hacer es decirles: "Has suspendido, tú y nadie más. Trabaja, tú y nadie más".

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