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La Inteligencia Emocional como base del sistema educativo

Inteligencia emocional
Foto: ISTOCK Ampliar foto
Por Emma Pérez. Directora del Colegio Europeo de Madrid
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Aunque se viene hablando de ella desde hace mucho tiempo, es cierto que no empezamos a familiarizarnos con el término Inteligencia Emocional hasta los años 80, gracias a las teorías de Wayne Payne. Sin embargo, no fue hasta mediados de los 90 cuando este término llegó a popularizarse en el mundo laboral, a raíz del libro Inteligencia Emocional, de Daniel Goleman. Hoy por hoy, este concepto forma parte de la sociedad actual, los medios de comunicación hablan de él y en algunos colegios se educa a los alumnos teniéndolo como pilar fundamental.

Y aquí es, quizás, donde más atención debemos prestar porque, ¿realmente es tan importante educar a los niños basándonos en la inteligencia emocional? Sin ninguna duda, sí.

Es esencial trabajar la Inteligencia Emocional con los niños para que ellos crezcan en un entorno en el que sean capaces de reconocer sus propias emociones, así como las de los demás. Esto, será fundamental para su desarrollo personal y profesional.

Uno de los temas que más preocupa actualmente a la sociedad y que, lamentablemente, es noticia cada día, es el bullying. Aquí, la Inteligencia Emocional también juega un papel crucial, ya que muchas veces estas agresiones suceden por una mala conducción de las emociones. Si enseñamos a los niños a controlar, por ejemplo, la ira y les educamos, además, en empatizar y reconocer las emociones de los demás, podremos encauzar las mismas y evitar que vean la agresividad como una solución frente a sus compañeros.


Las personas emocionalmente inteligentes presentan más habilidades sociales y esto, por supuesto, será un factor fundamental que les ayudará también en el ámbito laboral.


Según Goleman, la Inteligencia Emocional nos permite adoptar una actitud empática y social que nos brindará muchas más posibilidades de desarrollo personal, ayudándonos también a tolerar las presiones y frustraciones profesionales y, asimismo, acentuando nuestra capacidad de trabajar en equipo.

Por consiguiente, aquellos que son más inteligentes emocionalmente suelen afrontar los problemas con positividad, se sienten seguros de sí mismos, intentan rodearse de gente que les hacen felices y alejan a aquellos que puedan resultar tóxicos para su vida cotidiana. La Inteligencia Emocional, además, tiende a incrementar la creatividad, a afrontar los cambios con interés, crea a personas más fuertes y éstas no encuentran ningún tipo de dificultad a la hora de expresar sus sentimientos de manera adecuada.

¿Y si nuestros hijos, desde bien pequeños, pudiesen enriquecerse de todo esto? Ayudar a los niños desde una edad temprana a saber reconocer sus emociones y a ser empáticos con las de los demás, no sólo les hará vivir con una seguridad mayor, sino que, además, les hará crecer más felices.

La ira, la felicidad, la tristeza o el enfado son sentimientos innatos que debemos conocer a la perfección para saber controlarlos y, sobre todo, afrontarlos. Por ello, es esencial que, además de trabajarla en el núcleo familiar, apoyemos un sistema educativo que incluya la inteligencia emocional como una de las bases principales de sus valores y de su formación académica. Su futuro estará lleno de éxitos personales y profesionales si crece en este entorno de aprendizaje.

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