La noche de Reyes, crecer o no crecer

 

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La noche de Reyes, crecer o no crecer

Crecer o no crecer la noche de Reyes
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Por José Antonio Tovar, miembro de Coaching Club
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Se cuentan por millones los niños que aguardan expectantes el precioso regalo que los Reyes Magos le traerán esa noche. A la ilusión que provoca recibir regalos, se le une la magia de la intangibilidad y evanescencia de estos personajes, los Reyes Magos, y el protagonismo que los pequeños sienten al sentirse agraciados por la deferencia personalizada de los mismos.

La fantasía es un elemento imprescindible en el desarrollo del pequeño, funda y sustenta su capacidad psicológica. Hoy en día con el fácil acceso a las fuentes de información se ha adelantado la edad a la que los niños descubren toda la verdad sobre la noche de Reyes y siempre surge la duda de si resulta saludable mantener viva esa irrealidad por los temores del efecto traumático que provocará el descubrimiento súbito de la verdad.


En ese momento, el niño se topará de bruces con una amarga contradicción: los mismos adultos que reprenden y castigan la mentira son los primeros en participar de una descomunal patraña.


Todo este proceso de soñar despierto y crear una escenografía propia a partir de unos pocos elementos comunes perdurará en la adolescencia y en la madurez. El que se queda sin sueños en la infancia, carece del recurso activo de la creatividad inmediata.

Hoy en día parece que los niños descubren toda la verdad sobre la noche de Reyes antes, sin embargo, tal descubrimiento no tiene que significar necesariamente que toda la historia y toda la ilusión se desmoronen como un castillo de naipes. En todo caso, hay que tener en cuenta que siempre existe en el subconsciente de los pequeños la sensación intuitiva de que algo no cuadra.

¿Hasta dónde hay que llegar en el sostenimiento del relato? Hasta el punto en que la credibilidad y la confianza en los padres puedan llegar a estar cuestionadas. La ficción debe ser sostenida mientras funcione como un andamiaje seguro para la creatividad del niño pero, si este preguntara sobre la realidad con preguntas concretas, no conviene negarla, pues hacerlo sería como descalificar sus propias percepciones y deducciones.

Una vez que se va imponiendo la realidad sobre la ficción, resulta trascendente acompañar el proceso para que el niño llegue a la convicción de que no lo engañaron del todo, que persiste el sentido mágico de la Navidad y que su fascinación trasciende el hecho de quiénes sean, en realidad, los que consiguieron y depositaron los regalos.

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