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Madres como tú y como yo
María Solano

El tiempo que se pierde en Internet

El tiempo invertido en redes sociales
ISTOCK

14.000 mensajes de WhatsApp. Es el número que apareció en la popular aplicación de móvil de un jovencito que había sido castigado durante solo un fin de semana con no acercarse a su dispositivo digital.

Cuando, terminada la 'dura condena', el chico volvió a encender el teléfono, le entraron de golpe 14.000 mensajes de WhtsApp, mensaje arriba, mensaje abajo.He hecho la prueba, un tanto casera, de cronometrar cuánto se tarda en entrar en WhatsApp, leer un par de mensajes atrasados de tres grupos distintos y contesatar uno de ellos. Poca cosa: 30 segundos. Eso no es nada, aunque, por ejemplo, es lo que duran buena parte de las cuñas publicitarias en la radio o el tiempo de una conexión en directo en un informativo.

La madre del joven -que, por cierto, declara haber sido muy feliz en estos días sin móvil- especificaba que su hijo participaba en cerca de 100 grupos de WhatsApp. Nada del otro mundo: amigos del colegio, del barrio, de veraneo, de cada actividad extraescolar, grupo pequeño de los amigos del colegio, grupo extendido con otras clases del colegio, familia... lo típico.

Pongamos un tiempo estimado de lectura de cada mensaje en solo 5 segundos. Nos daría unos 70.000 segundos empleados solo en leer, que son unas 20 horas, casi un día dedicado a la lectura de mensajes. Eso sin añadir la participación con aportación de textos, imágenes, audios o vídeos, en algunos de los grupos activos.


Estos chicos son rápidos pero es fácil emplear una media de 10 segundos en escribir un texto en WhatsApp.


Y si grave es el tiempo empleado en la lectura cotidiana de cientos de miles de mensajes, tiempo que no se utiliza para otros fines que podrían ser más beneficiosos, más grave aún es el contenido al que dedicamos todo ese tiempo.

Ruego tranquilidad a los padres: lo más probable es que allí no hubiera fotos delictivias de ningún tipo, ni mensajes que incitasen al odio o a la violencia. Los chicos se mueven sobre todo entre chistes cortos, bromas ridículas, respuestas masivas a un comentario y memes de la más variada y normalmente absurda temática. Vamos, que lo que ven no es malo pero tampoco bueno.

Como fueron tres días sin móvil, podríamos concluir que habría empleado aproximadamente unas seis horas diarias a leer, contemplar y escuchar un enorme volumen de mensajes innecesarios y quizá, en algún momento, alguno útil con la hora y el lugar de una reunión de amigos o la felicitación de cumpleaños de un primo.

Si nos trasladamos al mundo Internet, esa ventana abierta de par en par a la que pasan horas asomados, ocurre algo parecido. Aunque existe y hay que vigilarlo, lo más probable es que nuestros hijos no estén viendo contenido perjudicial en sentido estricto -pornografía, vídeos violentos, etc...-, pero dedicarán muchas horas de su vida a aburrirse -porque en realidad no siempre están entretenidos aunque parezcan absortos- saltando de vídeo en vídeo de Youtube, sobre cómo jugar en sus aplicaciones favoritas o cómo pintarse las uñas, así como innumerables parodias de canciones, recopilaciones de chistes malos, comentarios a todo tipo de realidades*

También saldrán a navegar sin rumbo fijo por la oferta fotográfica de Instagram, donde no encontrarán nada grave y tampoco nada verdaderamente útil. Y terminarán por dedicarle un rato a Facebook para cotillear la vida de los otros.
Imaginemos por un momento que pusiéramos todo ese tiempo de nuestros hijos al servicio de un bien mejor. No hablo de limitar por completo su comunicación si ya están en edad de tener móvil, porque corremos el riesgo de romper unos vínculos de amistad que, nos guste o no, hoy están gestionados a través de la tecnología. Me refiero a establecer normas consensuadas que nuestros propios hijos van a agradecer. Porque lo que estamos viendo es que están tan atrapados en las redes como el drogadicto con su consumo. Quieren salir pero quizá nadie les ha enseñado dónde está la puerta.

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