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La paciencia se educa con paciencia

El arte de ser pacientes
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Educar requiere un grado máximo de paciencia, un arte magistral que nace de saber qué hacer en cada momento, ceder o no ceder, transigir o exigir. No perder los nervios ni la calma, aunque las cosas no salgan bien a la primera, es la mejor manera de educar a los niños. Pero, ¿cómo hacerlo? Con paciencia, una virtud que requiere de grandes dosis de ternura.

El mundo de la educación en el ámbito familiar, actualmente se caracteriza por la búsqueda de la felicidad de nuestros hijos, sin pararnos a medir los medios para alcanzarla. Esa felicidad la solemos interpretar como conseguirles un ambiente sin contradicciones, sin grandes esfuerzos, sin sacrificios personales y todo envuelto de una esperanza en disfrutar de la vida a tope, sin límites, sin pesares.

En muchos casos, a los niños se les evita el contacto con el dolor y con el sufrimiento, tanto personal como ajeno, con la intención de facilitarles la búsqueda de la felicidad. A veces, hasta les disfrazamos la realidad para llevarles de la mano por una vida de color, edulcorada en todas sus dimensiones con tal de que sean plenamente felices.

Sin embargo, el tiempo pasa, los niños crecen y ya cuando se han hecho mayores, no siempre están preparados para enfrentarse y superar con éxito los retos y las dificultades que se les presentan en la vida. Los padres debemos proporcionar a nuestros hijos las herramientas que les permitan afrontar y fortalecerse ante las dificultades, adquiriendo por sí solos los recursos para superar los obstáculos y convertir las limitaciones en oportunidades gracias al esfuerzo, el sacrificio personal y el desprendimiento.

Conseguir que unos niños felices sean, el día de mañana, unos adultos felices nace de nuestra propia fortaleza. Los adultos tenemos la obligación de dotar a nuestros hijos de esas herramientas, de esas estrategias de vida que les hagan unos luchadores, unos triunfadores que culminan sus objetivos con la alegría que produce el éxito conseguido después de un trabajo constante, duro, cansado, lleno de complicaciones. Todo, desde la base de la paciencia.

¿Recordamos lo que son la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza? No son solo unas virtudes que aprendimos de pequeños y que están casi en el olvido. Son esas cualidades del ser humano que le permiten alcanzar esa felicidad de la que pretendemos vestirles, pero de verdad, en serio, profundas, substanciales; esas cualidades que nos hacen felices porque nos hacen libres.

Y, como toda virtud, no se alcanza en dos días. Necesita de hechos que convertimos en rutinas buenas que, por serlo, terminan haciéndose parte de nuestra esencia, de nuestra forma de ser, de nuestro carácter. Y esto solo requiere de dos pilares que asienten nuestro día a día: voluntad y paciencia.

La voluntad precisa de objetivos claros, una exigencia adecuada, aprender a superar los obstáculos, muchas ganas de mejora personal y paciencia, mucha paciencia. "Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho", eso es la paciencia.

Lourdes Giner. Profesora y coordinadora de Primaria en el Colegio Orvalle (Madrid)

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