Todos los padres queremos que nuestros hijos crezcan seguros de sí mismos, confíen en lo que son y no vivan pendientes de la opinión de los demás; en definitiva, que sean auténticos. Sin embargo, sin darnos cuenta, les transmitimos un mensaje muy distinto al que creemos: les decimos que sean ellos mismos, pero celebramos lo que les hace destacar por encima de los demás —sus logros, su comportamiento o el reconocimiento que reciben—. Así, poco a poco, van aprendiendo que valen por lo que consiguen y no por lo que son. No porque se lo hayamos dicho explícitamente, sino porque es lo que perciben en nuestro discurso cotidiano.
Nunca les decimos «vales por tus notas», pero festejamos cada sobresaliente; nunca expresamos «tienes que hacerlo perfecto», pero nos preocupamos cada vez que se equivocan; nunca les exigimos «tienes que gustar a todo el mundo», pero ellos observan cuánto nos afecta la comparación y la aprobación ajena. Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan.
¿Dónde aprende un niño que está su valor?
Vivimos en una sociedad que nos invita constantemente a mirar hacia fuera: apariencias, resultados, seguidores e imagen. Todo parece empujarnos a demostrar quiénes somos. No hace falta tener redes sociales para vivir pendiente de la mirada del resto, y quizá ahí empieza el problema
Aquello por lo que un niño cree que merece ser querido, acaba formando parte de la idea que construye de sí mismo.
Cuando empieza a creer que necesita destacar para sentirse suficiente, comienza a buscar la aprobación antes que la autenticidad: se compara con los demás, dice lo que esperan, evita equivocarse y oculta aquello que teme que no guste. Poco a poco va construyendo una identidad basada en la aprobación.
La paradoja es que cuanto más intenta parecer suficiente para los demás, más lejos se siente de sí mismo. Crecer en un mundo de apariencias no conlleva solo el riesgo de fracasar, sino el de perderse a uno mismo. Al adaptarse demasiado pronto para agradar, el niño deja de preguntarse quién es para preguntarse qué esperan de él, no por rechazar su autenticidad, sino por la necesidad primordial de sentirse querido.
Vivimos en una cultura que premia la imagen, pero muy pocas cosas nos ayudan a construir una identidad. Y existe una diferencia enorme entre ambas. Mientras que la imagen depende de cómo nos ven los demás, la identidad nace de cómo aprendemos a vernos a nosotros mismos. Como padres, solemos volcarnos en proteger a nuestros hijos para que no sufran ni sean rechazados, pero cabe preguntarse: ¿Qué necesitarán nuestros hijos para sentirse valiosos cuando nadie los esté mirando? Llegará un día en que no estaremos a su lado para animarlos antes de un examen ni abrazarlos tras un fracaso. Ese día solo les acompañará la voz interior que hayan construido durante la infancia, una voz estrechamente ligada a la nuestra.
Educar hijos auténticos no significa dejarles hacer lo que quieran ni repetir frases motivacionales vacías. Significa ayudarles a descubrir que su valor no depende de gustar, destacar o ser perfectos; que pueden equivocarse sin dejar de ser valiosos, pensar diferente sin dejar de pertenecer y mostrarse vulnerables sin dejar de ser fuertes.
Quizá la mayor herencia que podamos dejarles no sea una lista de consejos, ni una educación impecable, ni siquiera un camino libre de dificultades, sino enseñarles, con nuestra propia manera de vivir, que no hace falta aparentar para sentirse suficiente. Porque un niño que sabe dónde está su valor, no necesita demostrarlo constantemente. Y quizá esa sea una de las tareas más importantes de la educación: no formar niños que sepan impresionar al mundo, sino personas capaces de seguir siendo ellas mismas cuando el mundo les pida lo contrario.
Miriam Sancho @soymiriamsancho
Educación Consciente

Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.
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