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María Solano

¿Quieres que tus hijos lean? Deja que te imiten

Lezer para que lean
Leer para que lean - ISTOCK

¿Qué hace que una familia sea montañera o amante de los museos? ¿Por qué unos niños montan en bici desde su más tierna infancia y otros pescan en bote? ¿Qué determina que, en unas casas, después de comer, se juegue a las cartas y en otras sean más de peli?

Hay pequeñas aficiones compartidas que se adquieren de la manera más sencilla: por pura repetición. Es el hábito lo que les da carta de naturaleza, un hábito que se ha consolidado sin darnos cuenta, simplemente porque se hizo lo mismo muchas veces y aquello que se hace muchas veces, se hace bien y, como consecuencia, gusta.

Hay un hábito, uno sencillo y barato, uno que sirve por igual para el ocio que para el negocio, para disfrutar y para trabajar: el hábito de lectura.

El problema del placer de la lectura es que necesita ser descubierto. Le pasa como a la montaña: requiere esfuerzo alcanzar esa cota en la que las maravillosas vistas nos confirman que mereció la pena.

Y la sociedad actual, la del consumo inmediato y la minimización del esfuerzo, no da muchas opciones a un buen libro frente a la gran oferta de ocio que garantiza un placer inmediato y sin esfuerzos, por efímero que sea.

Pongámonos en la piel de un niño o de un adolescente. Frente a semejante oferta audiovisual en televisión, tabletas y móviles, la idea de dedicar un rato a la lectura arranca en la competición con desventajas evidentes. Por eso es tan importante que, para cuando les llegue el momento de elegir, ya tengan el hábito adquirido.

Y el hábito lo empezamos nosotros, los padres, cuando nos ven pasar tiempo leyendo, cuando establecemos momentos de lectura en familia, cuando no estamos permanentemente enganchados a una pantalla, cuando logramos ratos de silencio real y tecnológico para llenarlos de historias de tinta. Quizá podemos empezar por una sencilla revisión de lo que hacemos y lo que nos ven hacer porque sabemos que, si leemos (y nos ven), leerán.

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