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¿Es inquietud… o algo más? Lo que muchos padres no saben sobre el TDAH hasta que es tarde 

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Son las ocho de la tarde. Los deberes siguen sin terminar, tu hijo se levanta una y otra vez de la silla y parece no escucharte, aunque le hables directamente. Te desesperas. Piensas que es falta de esfuerzo, que ya madurará… o que quizá necesita más disciplina. 

Pero, ¿y si no fuera ninguna de esas cosas? 

Cada vez más familias se hacen esta pregunta cuando escuchan hablar del TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Sin embargo, todavía existen muchas dudas, mitos y, sobre todo, retrasos a la hora de detectarlo. 

Lejos de ser simplemente “niños movidos” o “despistados”, el TDAH es una condición del neurodesarrollo que afecta a la atención, la autorregulación y el control de impulsos. Esto puede traducirse en dificultades para mantener la concentración, organizar tareas o gestionar emociones, algo que impacta tanto en el rendimiento escolar como en la vida familiar. 

En este sentido, expertos como Russell Barkley, uno de los mayores referentes internacionales en el estudio del TDAH, insisten en que no se trata solo de un problema de atención. Según sus investigaciones, la clave está en la dificultad para la autorregulación del comportamiento, especialmente en el control de impulsos. 

Esto significa que muchos niños con TDAH no actúan así porque quieran, sino porque tienen más dificultades para frenar una conducta, esperar o pensar antes de actuar. No es, por tanto, una cuestión de falta de voluntad, sino de desarrollo. 

Además, la investigación actual señala que estas dificultades están relacionadas con las llamadas funciones ejecutivas, es decir, aquellas habilidades que permiten organizarse, planificar y gestionar el propio comportamiento de forma eficaz. 

El problema es que estos comportamientos suelen interpretarse de forma equivocada. Es fácil caer en etiquetas como “vago”, “desobediente” o “despistado”, cuando en realidad el niño puede estar haciendo un esfuerzo enorme por seguir el ritmo que se espera de él. 

Ahora bien, no se trata de alarmarse ante cualquier señal. Todos los niños se distraen, se mueven o tienen días difíciles. La diferencia está en la intensidad y la constancia. Los expertos coinciden en que conviene prestar atención cuando estas dificultades se mantienen en el tiempo, aparecen en distintos contextos (casa, colegio, actividades) y empiezan a afectar a su aprendizaje, sus relaciones o su autoestima. 

En estos casos, esperar “a que se le pase” no suele ser la mejor opción. 

Aquí es donde el papel de la familia y la escuela resulta clave. Hablar con el profesorado, compartir observaciones y acudir a un orientador o psicólogo infantil puede marcar la diferencia. No se trata de poner una etiqueta, sino de comprender qué está ocurriendo y ofrecer al niño las herramientas que necesita. 

Porque detectar el TDAH a tiempo no limita: al contrario, permite intervenir de forma adecuada, adaptar estrategias educativas y acompañar mejor su desarrollo. 

Muchos padres reconocen que, mirando atrás, las señales estaban ahí, pero no supieron interpretarlas. Pensaron que era una fase, que con el tiempo desaparecería. Sin embargo, el TDAH no se corrige ignorándolo. 

Se entiende, se trabaja y se acompaña. 

Y en ese proceso, lo más importante no es el diagnóstico en sí, sino la mirada: dejar de ver un problema para empezar a ver a un niño que necesita ser comprendido. 


Luis Monedero Casillas

Estudiante de Educación en la Universidad CEU San Pablo

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