Claro que les está molestando. Claro que hace calor, o frío, o que tenemos que esperar mucho rato, o que tienen hambre, o sed, o simplemente se aburren. Las contrariedades se suceden y no pasa nada por aprender a aguantarlas, porque les hará más resilientes, más fuertes y más felices.
Si evitamos caer en la tentación del proteccionismo excesivo, les estaremos dando un enorme regalo: la destreza de tolerar lo que pasa sin que les frustre, porque muchas de las circunstancias sobrevenidas no tienen solución o escapa por completo a nuestro control.
Y no se trata de inventarnos problemas para hacerlos fuertes, basta con los que llegan solitos. Se trata de cambiar su perspectiva respecto a la manera de afrontar la adversidad.
La sobreprotección nos alivia el presente a los padres, pero complica el futuro de nuestros hijos. Permitirles experimentar pequeñas dosis de frustración controlada es el mejor sistema inmunitario para su salud emocional.
1. Salvo si peligra su salud, lo pueden aguantar casi todo:
Los niños tienen una capacidad de adaptación asombrosa, pero a menudo los adultos proyectamos nuestra propia intolerancia al malestar sobre ellos. Si ante cada queja corremos a solucionar el problema, les enviamos el mensaje implícito de: «Tú solo no puedes con esto, «no puedes hacer las cosas sólo»
TIPS para trabajarlo en casa:
La técnica de los «3 segundos de pausa» (para padres)
Cuando tu hijo se queje por el frío, el aburrimiento o el cansancio, antes de responder o buscar una solución, cuenta mentalmente hasta 3.
Esto evita que actúes desde tu propia incomodidad o prisa por «arreglar» la situación.
Guion de validación sin rescate:
Usa la estructura [Validación] + [Confianza]. «Sé que te aburre soberanamente estar aquí esperando en el banco, te entiendo perfectamente (Validación). Pero sé que tienes una imaginación increíble y vas a ser capaz de aguantar este ratito (Confianza)«.
Puedes empatizar con su emoción sin necesidad de cambiar la realidad.
Un «Sé que tienes calor y es molesto, te entiendo, tú puedes», es mejor que correr a encender el aire acondicionado a tope o comprar un juguete para que se olviden.
Cambiar el rol de «víctima» a «protagonista»
En lugar de compadecerlos, recuérdales su capacidad: «Es verdad que la caminata es larga, pero tus piernas son fuertes y sé que puedes llegar».
Que aprendan a no ser víctimas. Sabemos que hace calor, pero también sabemos que podrán soportarlo y que les hará más fuertes superarse a sí mismos.
2. Mejor no prestarle atención si no podemos cambiarlo:
La atención es un superpoder. Aquello en lo que nos enfocamos, se magnifica. Si pasamos el viaje en coche quejándonos del tráfico, el niño aprenderá que el tráfico es una tragedia. Si hay factores externos inalterables (el clima, una fila larga, un retraso), el foco debe moverse.
TIPS para trabajarlo en casa:
El «Círculo del Control»
Dibuja con ellos un círculo en un folio.
Dentro se escribe lo que sí controlamos (nuestra actitud, nuestras palabras, intentar sonreír).
Fuera del círculo se escribe lo que no controlamos (el clima, el tráfico, el humor de los demás, el tiempo de espera).
Cuando llegue una contrariedad, pregúntale: «¿Eso está dentro o fuera de nuestro círculo?». Si está fuera, se aplica la regla de la aceptación.
La regla de la aceptación
Enseñarles la diferencia entre lo que pueden controlar y lo que no.
Si no se puede cambiar, quejarse solo gasta energía.
Redirección estratégica
No se trata de ignorar al niño, sino de cambiar el foco de la conversación.
Si hay que esperar en el médico, en vez de repetir «ya casi vamos a entrar», es el momento de jugar al «veo veo», inventar una historia o hablar de otro tema, explicándole que si pensamos en otra cosa no lo vamos a pasar tan mal.
Modelado en voz alta
Deja que tus hijos te escuchen aplicar este principio a ti mismo.
En un atasco, di en voz alta: «Bueno, hay un atasco tremendo y no voy a llegar a la hora. Como no puedo volar, voy a poner mi música favorita y a disfrutar del viaje. Quejarse no moverá los coches».
Porque hay muchas veces en la vida que las circunstancias no son las ideales y las pequeñas contrariedades de la infancia son el mejor hábito para ir creciendo y creando «músculo» interior.
3. Ser fuertes les hará sentirse aún más fuertes:
La verdadera autoestima no nace de los elogios vacíos («¡Eres el mejor del mundo!»), sino del sentido de autoeficacia: la certeza interna de que eres capaz de superar dificultades. Cada vez que un niño tolera el aburrimiento o el cansancio y sale victorioso, su cerebro registra: «Pude con ello».
TIPS para trabajarlo en casa:
Elogio de proceso, no de resultado
En lugar de decir «Qué buen niño eres por no llorar». Di: «Vi que estabas cansadísimo y aun así mantuviste la paciencia en la fila. Me encantó ver cómo te esforzaste».
Recordar éxitos pasados
Cuando flaqueen ante una nueva contrariedad, haz memoria:
«¿Te acuerdas de aquel día en el monte que llovía y lograste llegar al coche? Hoy también puedes».
Sustituir el verbo «SER» por el verbo «ESTAR» o «ACTUAR»
Destierra las etiquetas de tu vocabulario diario de forma estricta. Si le dices a un niño que es un bruto, se lo va a creer. Si le dices que ha hecho el bruto, puede dejar de hacerlo.
En vez de: «Es que eres un impaciente / un desordenado». Di: «Hoy estás actuando de forma impaciente» o «Tu cuarto está desordenado, pero tú eres capaz de dejarlo genial».
La autoestima no crece porque sí ni porque les digamos lo buenos que son. Crece porque se han demostrado que pueden vencerse a sí mismos sin desfallecer.
4. Quítale importancia a lo que ocurre y no tiene solución:
Hay que enseñarles a relativizar. Los niños tienden a maximizar los pequeños dramas (un helado que se cae, un juguete que se rompe). Si los padres reaccionamos con ansiedad, el niño aprende que eso es el fin del mundo.
TIPS para trabajarlo en casa:
El termómetro del drama
Dibuja un termómetro gigante en una cartulina y pégalo en la nevera con imanes, numerado del 1 al 5 con ejemplos claros adaptados a su edad. Cuando ocurra un drama por un juguete roto, dile: «Ve a la nevera y marca en qué nivel del termómetro está esto». Visualizarlo rebaja la ansiedad al instante.
1: Se rompe la punta del lápiz / Se cae el helado.
2: Nos perdemos el inicio de la película por el tráfico.
3: Estar enfermo con fiebre en la cama.
4: Que se muera tu mascota.
5: Que le pase algo grave a un familiar.
Humor y ligereza
El sentido del humor es el mejor antídoto contra la frustración.
Reírse juntos de que empezó a llover en pleno picnic enseña más sobre la vida que una lección teórica.
La técnica del «…y aun así»
Enseña al niño a completar las frases negativas con un giro positivo.
«Se ha puesto a llover y se ha arruinado el parque… y aun así, podemos hacer un fuerte con mantas en el salón y va a ser divertido».
Así, los pequeños contratiempos (y con el tiempo los grande), dejarán de ser el centro de atención para ellos y se fijarán en todo lo bueno que está ocurriendo (salvo eso que les molesta). Es garantía de felicidad futura.
5. Enséñales a ofrecer los pequeños sacrificios:
Si sois creyentes, les ayudará mucho poder comparar sus pequeños esfuerzos con los muy grandes que hizo Jesús y ofrecer lo que les toca para llevar con Él la cruz.
En una sociedad que busca la gratificación instantánea y la comodidad a toda costa, la palabra «sacrificio» suena anticuada, pero es una de las herramientas más potentes para desarrollar la fuerza de voluntad. Cuando el sufrimiento o la incomodidad tienen un propósito más alto, dejan de vivirse como un castigo y se transforman en un acto voluntario de amor y madurez.
TIPS para trabajarlo en casa:
Dar sentido al malestar
En lugar de ver el frío, el cansancio o el aburrimiento como «mala suerte», se les puede enseñar que ese momento es una oportunidad de regalarle algo a Jesús. «Esto nos cuesta, pero vamos a ofrecérselo a Jesús por la abuela».
Esto cambia radicalmente su actitud: pasan de sufrir con queja a «colaborar» activamente con Dios.
El ejemplo de la Cruz con cercanía
Explicarles que la cruz no es algo que se lleva porque toca, es la oportunidad de estar muy cerca de Jesús en su momento de mayor sufrimiento. Desmitifica el sacrificio y lo vuelve un acto heroico a su medida.
Pasa de entender el sacrificio como algo malo que hace sufrir, a verlo como un regalo con el que Dios hace maravillas (aunque no siempre las vea).
La dinámica de «La Cruz Compartida»
Ten un crucifijo en un lugar visible de la casa. Explícales que cuando Jesús llevaba la cruz, un hombre llamado Simón de Cirene le ayudó a cargarla un ratito para que descansara.
Diles: «Hoy, cuando te guardas esa queja por el frío o cuando compartes el juguete que querías tú solo, estás haciendo de Simón de Cirene. Le estás aliviando el peso a Jesús».
Esto transforma el esfuerzo en un acto de caballería, heroísmo y amor filial.
La intención del día
Por las mañanas, antes de salir de casa, podéis elegir juntos una «intención» familiar para los sacrificios del día.
Por ejemplo: «Hoy todos nuestros pequeños esfuerzos y contrariedades se los vamos a ofrecer a Jesús por los niños que están enfermos en los hospitales».
Así, cuando el niño se enfrente al aburrimiento por la tarde, recordará que su esfuerzo tiene un valor real para otra persona.
«A través de las dificultades y los problemas, los niños desarrollan la resiliencia y la fuerza que necesitan para enfrentar el futuro.» — Nelson Mandela (Líder político y Nobel de la Paz)