Todos conocemos esa sensación de que las vacaciones han terminado demasiado pronto y de que la rutina vuelve de golpe. Pero, más allá de la nostalgia por el verano, la vuelta a la normalidad puede convertirse en un periodo especialmente estresante para muchas familias.
El llamado síndrome postvacacional se relaciona con las dificultades para adaptarse de nuevo a las obligaciones y horarios habituales después de las vacaciones. Cansancio, irritabilidad, falta de concentración o sensación de agobio pueden aparecer durante los primeros días de la vuelta a la rutina.
En las familias, además, septiembre supone mucho más que volver al trabajo: llega la vuelta al colegio, hay que recuperar horarios, organizar actividades extraescolares, preparar comidas y afrontar de nuevo las obligaciones del día a día.
La solución no consiste en intentar tenerlo todo bajo control desde el primer día. Estos 7 hábitos pueden ayudarte a afrontar la vuelta a la rutina con menos estrés y a recuperar poco a poco un ritmo familiar más equilibrado.
1. No quieras cambiarlo todo a la vez
Septiembre suele venir acompañado de una larga lista de buenos propósitos. Queremos volver a comer mejor, hacer más ejercicio, reducir el tiempo de pantallas, recuperar los horarios, tener la casa más ordenada y, además, empezar el curso con una energía renovada.
El problema no está en querer mejorar, sino en intentar hacerlo todo al mismo tiempo.
Después de las vacaciones, la familia necesita un periodo de adaptación. Los niños tienen que acostumbrarse de nuevo al colegio, los padres al ritmo de trabajo y todos a unos horarios que durante el verano probablemente han sido más flexibles.
En lugar de intentar cambiarlo todo, puede ser más útil elegir dos o tres prioridades para las primeras semanas. Quizá sea recuperar una buena rutina de sueño, organizar mejor las mañanas o volver a comer juntos con más frecuencia.
Una rutina sostenible se construye poco a poco.
2. Recupera los horarios de forma progresiva
Uno de los cambios más difíciles de la vuelta a la rutina es recuperar los horarios. Durante las vacaciones es habitual acostarse más tarde, levantarse sin despertador y comer a horas diferentes.
Volver de golpe a un horario estricto puede resultar difícil, especialmente para los niños.
No es necesario convertir la casa en un cuartel. Se trata de recuperar poco a poco algunos puntos de referencia: una hora razonable para acostarse, tiempo suficiente por las mañanas y momentos relativamente estables para las comidas y el descanso.
Las rutinas no tienen por qué ser rígidas para funcionar. Su principal valor es que ayudan a anticipar lo que va a ocurrir y evitan que cada día tenga que organizarse desde cero.
3. Prepara las mañanas la noche anterior
Muchas situaciones de estrés familiar se concentran a primera hora del día.
Hay que despertarse, vestirse, desayunar, preparar las mochilas y salir de casa a una hora concreta. Basta con que alguien no encuentre algo o recuerde una tarea pendiente para que la mañana se convierta en una carrera.
Un hábito sencillo puede marcar una gran diferencia: dejar preparadas por la noche algunas de las cosas necesarias para el día siguiente.
La ropa, las mochilas, los deberes terminados o incluso una rápida revisión de lo que necesita cada uno pueden ahorrar muchas decisiones y discusiones por la mañana.
No se trata de planificar cada detalle. Se trata de evitar que todo tenga que resolverse cuando todos tienen prisa.
4. No llenes la agenda demasiado pronto
Septiembre es también el mes de las inscripciones y las nuevas actividades. Inglés, deporte, música, catequesis, clases de refuerzo… Después del verano, es fácil caer en la tentación de llenar rápidamente todos los huecos de la agenda.
Pero antes de hacerlo conviene observar cómo es realmente el nuevo ritmo de la familia.
¿Cuánto tiempo requieren los desplazamientos? ¿Cómo se adaptan los niños al nuevo curso? ¿Cuánto tiempo necesitan para descansar? ¿Cuánto queda realmente para estar juntos?
No siempre es fácil encontrar el equilibrio entre ofrecer oportunidades a los hijos y respetar su necesidad de descanso y tiempo libre.
Una agenda llena no es necesariamente una vida bien organizada.
Las primeras semanas pueden servir para conocer el nuevo ritmo antes de tomar decisiones que condicionarán todo el curso.
5. Reserva un momento para hablar de cómo va todo
Durante los primeros días de septiembre, las conversaciones familiares pueden quedar reducidas a cuestiones prácticas.
—¿Has preparado la mochila?
—Date prisa.
—¿Qué tienes mañana?
—No te olvides de esto.
Por eso es importante buscar algún momento para hablar de algo más que de horarios y obligaciones.
Puede ser durante la cena, en el trayecto de vuelta a casa o antes de dormir. No hace falta convertirlo en una reunión familiar formal.
A veces basta con preguntar:
—¿Qué ha sido lo mejor de tu día?
—¿Qué te ha resultado más difícil?
—¿Hay algo que te preocupe?
Cada miembro de la familia puede vivir la vuelta al colegio y a la rutina de una manera diferente. Para algunos niños el comienzo del curso será ilusionante; para otros, puede generar inseguridad. También los adultos necesitan tiempo para adaptarse al regreso al trabajo y a las nuevas exigencias.
Escuchar cómo está cada uno ayuda a detectar pequeñas dificultades antes de que se conviertan en un problema mayor.
6. Conserva algo bueno del verano
La vuelta a la rutina no tiene por qué significar renunciar a todo lo que nos ha hecho bien durante las vacaciones.
Quizá durante el verano hemos tenido más tiempo para leer, pasear, hablar después de cenar o hacer planes sencillos en familia.
Es imposible mantener el ritmo de las vacaciones durante todo el curso, pero sí podemos preguntarnos qué merece quedarse.
Tal vez sea el paseo después de cenar los fines de semana. Quizá una comida familiar sin móviles. O reservar una tarde para hacer algo juntos.
Volver a la rutina no significa volver exactamente a como vivíamos antes.
Septiembre también puede ser una oportunidad para decidir qué costumbres queremos conservar.
7. Deja margen para lo inesperado
Una familia no funciona como una agenda perfectamente planificada.
Habrá días en los que alguien llegue especialmente cansado, surja una reunión inesperada, un niño necesite más ayuda con algo o simplemente las cosas no salgan como estaban previstas.
Por eso, uno de los hábitos que más puede ayudar a reducir el estrés de septiembre es no intentar llenar cada minuto del día.
Dejar margen no es ser desorganizado. Al contrario: significa aceptar que la vida familiar necesita cierta flexibilidad.
Cuando cada hora está ocupada, cualquier imprevisto se convierte en un problema. En cambio, cuando existe un pequeño espacio para adaptarse, resulta más fácil afrontar los cambios sin sentir que todo se desmorona.
Septiembre no tiene que empezar perfecto
Quizá el mejor propósito para este nuevo curso no sea hacer más cosas, sino vivir con un poco más de intención.
Recuperar los horarios poco a poco. Simplificar las mañanas. No llenar demasiado pronto la agenda. Escuchar cómo está cada miembro de la familia. Conservar algunas de las cosas buenas que nos ha dejado el verano.
Empezar bien septiembre no significa tenerlo todo bajo control desde el primer día.
Significa construir, poco a poco, una rutina en la que haya espacio para las obligaciones, pero también para el descanso, la conversación y la vida en familia.
No intentes organizar todo septiembre en un día. Empieza por hacer un poco más fácil la próxima semana.
Pequeño reto para empezar
Esta semana, elige solo tres cosas:
1. Un horario que queréis recuperar.
Puede ser la hora de acostarse o un momento estable para cenar juntos.
2. Una tarea que podéis simplificar.
Por ejemplo, preparar las mochilas y la ropa la noche anterior.
3. Un momento que queréis proteger como familia.
Una comida, un paseo, una tarde o simplemente unos minutos para hablar sin prisas.
No hace falta hacer una transformación completa. A veces, un pequeño cambio sostenido puede hacer que la vuelta a la rutina después de las vacaciones resulte mucho más llevadera.
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Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.
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