Entrevista a Miriam Sancho
Todos los padres dicen que quieren que sus hijos sean felices. Parece un objetivo incuestionable, ¿qué tiene de malo?
El problema no está en querer que nuestros hijos sean felices. El problema está en la idea de felicidad que hemos construido. Hoy parece que educar para la felicidad consiste en evitar cualquier experiencia desagradable. Queremos que nuestros hijos no sufran, no se frustren, no se aburran, no se equivoquen y, sin darnos cuenta, confundimos felicidad con comodidad, pero la vida no funciona así. Nadie aprende a confiar en sí mismo porque todo le salga bien, sino porque descubre que puede salir adelante incluso cuando las cosas no son como esperaba. La frustración no es el enemigo, la tristeza no es un fracaso y el aburrimiento no es un problema; son experiencias que forman parte de nuestro crecimiento personal.
Tal vez la pregunta no es cómo garantizar la felicidad de nuestros hijos, sino si sabrán salir adelante cuando las cosas vayan mal.
Muchos padres sienten que si no intervienen están fallando, ¿qué les dirías?
Es una sensación muy comprensible. Nos han hecho creer que ser buenos padres significa resolver: resolver conflictos, resolver emociones, resolver problemas, resolver el aburrimiento e incluso resolver, antes de que lo intenten, aquello que nuestros hijos todavía podrían hacer solos. A los padres que sienten eso que dices, les diría que educar no consiste en hacer la vida más fácil a nuestros hijos, sino en acompañarles mientras aprenden a vivirla.
Hay una gran diferencia entre acompañar y rescatar. Cuando rescatamos constantemente, el mensaje que reciben no es: «Estoy contigo»; el mensaje que reciben es: «Sin mí no puedes», y eso, aunque nazca del amor, termina debilitando la confianza que tienen en sí mismos.
Si tuvieras que dejar una sola reflexión a las familias, ¿cuál sería?
Que quizá hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos cómo hacer felices a nuestros hijos y muy poco preguntándonos qué necesitan para construir una felicidad que no dependa de que todo salga como esperan.
La vida les traerá pérdidas, decepciones e incertidumbre. No podemos evitarlo, pero sí podemos ayudarles a desarrollar algo mucho más valioso: la capacidad de confiar en sí mismos incluso cuando la vida no sea perfecta. La misión de la educación no es criar hijos que nunca sufran, sino criar personas capaces de vivir plenamente, también cuando la vida se lo ponga difícil.
¿Crees que estamos sobreprotegiendo emocionalmente a nuestros hijos?
Creo que nunca habíamos protegido tanto a nuestros hijos como ahora. Antes protegíamos del frío, del hambre o del peligro físico, pero hoy intentamos protegerles de cualquier incomodidad. Esta sobreprotección tiene un coste enorme porque les estamos quitando la oportunidad de superarse, y esto es precisamente lo que les ayuda a madurar.
Nos cuesta verles frustrados, nos cuesta que esperen, nos cuesta que se equivoquen, nos cuesta decirles «no» y, muchas veces, intervenimos antes incluso de que hayan tenido la oportunidad de buscar una solución ellos mismos. Lo hacemos porque les queremos, pero también porque nos resulta muy difícil sentir su malestar. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Estamos evitando su sufrimiento… o el nuestro?
La resiliencia no aparece cuando todo es fácil, se construye atravesando pequeñas dificultades: esperando, perdiendo e intentándolo otra vez. No es posible desarrollar la autoestima sin tener experiencias de superación, y no existe fortaleza emocional sin haber convivido con la frustración.
¿Qué deberíamos dejar de hacer hoy mismo?
A veces nuestra ayuda nace más de nuestra incomodidad que de su necesidad. Antes de preguntarnos qué necesita nuestro hijo, deberíamos preguntarnos qué nos pasa a nosotros cuando nuestro hijo sufre, porque muchas veces reaccionamos para aliviar nuestra propia incomodidad y no la suya. Nos cuesta esperar, nos cuesta confiar y nos cuesta ver cómo se frustran sin intervenir. Ahí empieza el verdadero trabajo educativo, no en cambiar al niño, sino en mirarnos a nosotros mismos y ser conscientes de por qué y cómo intervenimos.
Deberíamos dejar de intervenir siempre y dejarles equivocarse o sufrir, porque educar no consiste en evitar todas las caídas, consiste en estar presentes mientras aprenden a levantarse.
Entonces… ¿qué significa realmente educar para la felicidad?
Educar para la felicidad no es conseguir que nuestros hijos sonrían todos los días, sino ayudarles a descubrir que pueden aguantar también los días difíciles, que pueden equivocarse sin dejar de ser valiosos, que pueden frustrarse sin rendirse y que pueden perder sin dejar de confiar en sí mismos. Porque la felicidad no nace de controlar todo lo que ocurre fuera, nace de saber vivir lo que ocurre dentro.
Miriam Sancho @soymiriamsancho
Educación Consciente

Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.
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