Actualizado 31/03/2021 12:01 CET

El asombro es la clave del aprendizaje infantil

El asombro y la admiración son fundamentales para el aprendizaje infantil
El asombro y la admiración son fundamentales para el aprendizaje infantil - ISTOCK

"El asombro es el deseo para el conocimiento". Esta frase no es de ahora, la dijo Tomás de Aquino hace más de siete siglos y sigue siendo tan actual como entonces. La clave del aprendizaje está en dejar que los niños puedan admirarse de las cosas, permitir su curiosidad perceptiva por lo que les rodea, que es la que abre las puertas de la atención.

Tenemos que dejar volar su imaginación y creatividad. Pero también darles pequeños encargos dese muy temprano, enseñándoles lo que está bien o mal, según su edad, y guiados por unos valores basados en principios universales que no pasan de moda.

La mejor edad para el aprendizaje es antes de los ocho años. Lo que más le gusta a un niño es moverse libremente y experimentar. Cuantas más oportunidades tenga de conocimiento perceptivo experiencial, mejor. Porque cuantos más sentidos emplee, mejor conocerá el mundo que le rodea y mejor desarrollará sus capacidades. Los sentidos son como las 'ventanas' por las que contactamos con el mundo, lo conocemos y lo podemos comprender.

Todo lo que hay que aprender antes de los 8 años

Como decía Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina, "es preciso sacudir enérgicamente el bosque de neuronas adormecidas. Es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes". No quedarse en la inmediatez de adquirir solo unas habilidades concretas, sino elevar las miras, poner inquietudes en ellos por mejorar el entorno.

También es la edad ideal para enseñarles hábitos saludables, aprovechando esos periodos en los cuales es muy fácil adquirir unas funciones y unos valores humanos. Desde que nacen, el juego es muy importante en su vida. Todo lo aprenden por vía afectiva, a través de las emociones, mediante el juego. Para ellos todo es juego o se transforma en juego: aprenden jugando, juegan aprendiendo, juegan con su madre, con su mirada, con su sonrisa...

Y todo eso estimula el desarrollo cerebral, la imaginación y la creatividad. Por ejemplo, mediante el juego simbólico el niño aprende muchas habilidades, relaciona distintos conceptos en su cerebro, interioriza por diferentes vías sensoriales, motoras o de integración. También aprende a pensar y resolver problemas y dificultades, a tener empatía con otras personas, a controlar emociones y a aceptar unas reglas

Es necesario que vaya siendo autónomo cuanto antes, adquiriendo habilidades y destrezas y relacionándose con el entorno. Pero no es bueno querer adelantar etapas, pues su cerebro no estará preparado. Es importante no exponerlos a pantallas, especialmente en las primeras fases en las que su cerebro está por formar. Porque en ellas todo sucede de forma demasiado rápida y el exceso de estímulos, que no respeta sus ritmos naturales, puede entorpecer su buen desarrollo. Interfiere con el pensamiento, rompe con su memoria de trabajo -de corto plazo- con la concentración, favorece la impulsividad y anula la empatía.

Interiorizar el aprendizaje

Cuando es un poco mayor, va aprendiendo cosas nuevas y para ello necesita interiorizarlas y asentarlas sobre lo que ya sabe porque lo relaciona con ello y establece un vínculo emocional con cada circunstancia. Si no, no puede aprender. Y los padres y profesores van dando estructuras sobre las cuáles construir lo que puede aprender. Por eso, cuanto más se sabe es más fácil aprender algo nuevo. También es preciso que le ilusione, que le motive, para que pueda asimilarlo porque disfruta.

Cuanto más complejo, mayor necesidad de la emoción y del placer de aprender. Por eso es necesario tener en cuenta esos periodos que facilitan el aprendizaje. Es todo un arte saber enseñar, conectar con los sentimientos de nuestros hijos, emocionarles con ello y que disfruten aprendiendo. Un arte que se puede aprender.

Mª José Calvo. Médico de Familia. Optimistas educando y amando

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