Categorías:

Niños hiperestimulados, pero desconectados: Por qué el exceso de lo exterior apaga su mundo interior

Tabla de contenidos

Vivimos en la época más conectada de la historia y, sin embargo, nunca habíamos estado tan desconectados de nosotros mismos. ¿Y si ese fuera uno de los grandes retos educativos de nuestro tiempo?

La sociedad de la inmediatez y la superficialidad

Vivimos en una sociedad que nos ha acostumbrado a la inmediatez: queremos una respuesta y la encontramos, cuando compramos algo llega al día siguiente, queremos entretenernos y siempre hay algo reclamando nuestra atención.

Nuestros hijos están creciendo en un mundo que les enseña continuamente a mirar hacia fuera: a consumir, a compararse, a reaccionar ante todo… Pero muy pocas veces les invita a mirar hacia dentro y a detenerse para preguntarse quiénes son. Porque conocerse requiere algo que la sociedad apenas ofrece: tiempo, silencio y presencia.

Vivimos en un mundo lleno de información, pero con muy poco tiempo para pensar.
Lleno de conexiones, pero con escasos vínculos.
Lleno de opiniones, pero con poco criterio.
Lleno de estímulos, pero cada vez con menos espacio para escucharse a uno mismo.

Pensamos que preparar a nuestros hijos para el futuro consiste en enseñarles idiomas, tecnología o habilidades digitales. Todo eso será importante, pero quizá estamos olvidando enseñarles algo mucho más básico: aprender a estar consigo mismos, a conocerse y quererse.

Niños conectados, adolescentes desconectados

Un niño puede saber utilizar cualquier tecnología y no saber quién es, tener miles de seguidores y sentirse profundamente solo o estar rodeado de estímulos y no saber qué le apasiona de verdad.

Hoy, cada pequeño vacío se llena automáticamente con una pantalla, una notificación, una actividad o cualquier otra distracción. Así, los niños van poco a poco llenándose de estímulos y perdiendo la capacidad de construir un mundo interior. Aprenden a llenar cualquier minuto libre con algún estímulo y, por desgracia, acaban teniendo miedo a estar solos consigo mismos, cuando la soledad y el silencio son claves para conocerse a sí mismos.

Cuando llega la adolescencia, aparece la desmotivación y la necesidad constante de aprobación y los padres nos preguntamos qué ha pasado. El problema es que, con tanto estímulo, quizá nunca aprendieron a escucharse lo suficiente como para descubrir quiénes son y valorarse a sí mismos.

Vivimos en una cultura donde el éxito parece medirse por la rapidez, la productividad y la visibilidad. Se valora más el resultado que el proceso, la imagen que la esencia y lo que se muestra que lo que se es.

Y así, sin darnos cuenta, estamos criando niños que buscan la validación de fuera para sentirse bien por dentro. Niños que opinan como los demás, que siguen tendencias, que repiten lo que ven, que no cuestionan, que se aburren enseguida, que necesitan estímulos constantes para sentirse motivados. Niños que viven rodeados de personas, pero que muchas veces se sienten solos porque nadie puede enseñarles desde fuera aquello que solo se descubre por dentro.

Estamos criando una generación que no tolera la frustración, porque cuando algo les cuesta se lo evitamos o solucionamos. Cuando algo requiere esfuerzo, lo hacemos por ellos. Y aquí la pregunta cambia, porque quizá entonces el problema no empieza en nuestros hijos sino en nosotros mismos.

Una pregunta incómoda

También nosotros vivimos acelerados: buscamos respuestas inmediatas y sentimos la necesidad de estar haciendo algo continuamente para llenar cada silencio. Nuestros hijos no solo heredan el mundo que les dejamos, heredan la manera en la que nosotros vivimos.

Educar hoy supone un reto que probablemente ninguna otra generación haya tenido. No basta con preparar a nuestros hijos para adaptarse al mundo. Necesitan aprender a convivir con la rapidez sin vivir con prisa, a gestionar la incertidumbre sin necesitar respuestas inmediatas, a recibir miles de opiniones sin dejar de pensar por sí mismos y a distinguir entre lo que el mundo espera de ellos y lo que realmente desean llegar a ser.

No podemos cambiar la sociedad en la que van a crecer, pero sí podemos ayudarles a construir algo que nadie podrá darles desde fuera: un mundo interior. Un lugar donde encontrar calma cuando todo vaya demasiado deprisa, donde tener criterio cuando todos opinen, donde sostener una frustración sin rendirse y donde recordar quiénes son cuando el mundo les diga constantemente quiénes deberían ser.

Un reto

Por eso, el reto no es el mundo en el que vivimos, ya que no podemos ni cambiarlo ni protegerles de él. El reto es ayudar a nuestros hijos a no perderse dentro del mundo que les ha tocado vivir y aprender a navegar en medio del ruido, elegir, discernir, parar y escucharse a sí mismos.

Porque quien aprende a conocerse tendrá criterio para decidir, sabrá esperar y esforzarse. No necesitará que todo venga de fuera para sentirse bien y será mucho más libre.

Ese es el mundo que podemos ayudarles a construir.

Miriam Sancho @soymiriamsancho
Educación Consciente


Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otros artículos interesantes