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El problema no son las pantallas; es lo que nos impiden mirar

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Hay algo curioso en la forma en la que hablamos de pantallas en casa. Contamos minutos, negociamos horarios, discutimos cuándo dar el primer móvil y buscamos fórmulas para conseguir que nuestros hijos pasen menos tiempo conectados.

Pero quizá solo estamos midiendo lo que resulta más fácil de medir y nos estamos olvidando de lo más importante. Porque una pantalla no solo ocupa tiempo, ocupa atención, y la atención es, probablemente, uno de los bienes más valiosos que podemos ofrecer a las personas con las que vivimos.

No hace falta imaginar grandes escenas. Basta pensar en esas pequeñas interrupciones que se han vuelto completamente normales: mirar una notificación mientras nuestro hijo nos cuenta algo, responder un mensaje en mitad de una comida o consultar el teléfono mientras esperamos juntos en algún sitio.

Nada de eso parece especialmente grave y, en sí mismo, quizá no lo sea. El problema aparece cuando, poco a poco, dejamos de darnos cuenta de todo lo que sucede mientras nuestra atención está en otro lugar.

Lo importante casi nunca avisa.

Una notificación sabe cómo conseguir que la miremos.

Nuestros hijos, no siempre.

A veces lo importante llega disfrazado de algo insignificante:

—¿Sabes lo que ha pasado hoy?

—Mira lo que he hecho.

—Mamá…

Y no siempre vuelven a intentarlo.

Hay conversaciones que empiezan hablando de una tontería y terminan llegando a algo importante. Hay preguntas que necesitan un poco de silencio para aparecer. Hay miradas que cuentan mucho antes de que un niño sepa explicar qué le pasa.

Pero para percibir todo eso hay que estar disponible para verlo. Por eso, cuando hablamos de pantallas, quizá no deberíamos preguntarnos únicamente cuánto tiempo nos quitan. También deberíamos preguntarnos cuántas miradas interrumpen.

Podemos pasar una tarde entera con nuestros hijos y haber estado poco disponibles para ellos. Estar en la misma habitación, compartir una comida o sentarnos juntos en el sofá no garantiza que realmente nos hayamos encontrado.

Estamos juntos, pero no necesariamente estamos conectados. No pasa nada porque esto ocurra algunas veces, ningún niño necesita unos padres pendientes de él permanentemente. El riesgo aparece cuando la distracción deja de ser una excepción y se convierte en nuestra manera habitual de estar juntos.

¿Dónde aprendemos a prestar atención?

Quizá esta sea la parte que más merece nuestra reflexión.

Nos preocupa que nuestros hijos no sepan separarse de las pantallas. Que necesiten estímulos constantes. Que miren el móvil mientras alguien les habla. Que se aburran si no tienen algo delante.

Pero la atención también se educa.

Y no solo cuando decimos: “Deja el móvil”.

Se educa cuando dejamos el nuestro para escucharlos. Cuando esperamos a que termine una conversación antes de consultar una notificación. Cuando somos capaces de esperar sin llenar inmediatamente el silencio. Cuando aquello que tenemos delante consigue ser más importante que aquello que reclama nuestra atención desde otro lugar.

No porque tengamos que convertirnos en un modelo perfecto de presencia —sería imposible—, sino porque nuestros hijos también aprenden observando qué cosas merecen nuestra mirada.

No necesitamos hogares sin pantallas. Sería demasiado fácil convertir el teléfono en el enemigo.

Las pantallas forman parte de nuestra vida y formarán parte de la de nuestros hijos. Probablemente ellos vivirán rodeados de tecnologías que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.

No podemos educarles para un mundo sin ellas y quizá tampoco debamos intentarlo.

El reto puede ser otro: enseñarles que no todo lo que reclama nuestra atención merece recibirla. Que hay conversaciones que no deberían competir con una notificación. Que hay silencios que merece la pena no llenar. Que hay personas a las que conviene mirar a los ojos. Que, algunas veces, lo más importante que está ocurriendo no sucede dentro de una pantalla, sino justo delante de nosotros.

Tal vez por eso la pregunta no sea cuánto queremos que nuestros hijos miren sus pantallas.

La pregunta podría ser mucho más profunda:

¿Qué queremos enseñarles a mirar cuando levanten la mirada?

Miriam Sancho @soymiriamsancho
Educación Consciente

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Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.


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