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Madres como tú y como yo
María Solano

Procrastinar, el verbo de moda: dejarlo para después

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Ahora que todos nuestros hijos entran en época de exámenes, que nos toca hacer la declaración de la Renta y que nos enfrentamos con pocas ganas al cambio de ropa de temporada, el verbo "procrastinar" está más de moda que nunca. La acción consiste en dejar para después lo que no nos apetece hacer. E incluye habitualmente una autojustificación que nos haga sentir "menos mal" a pesar de que sabemos que estamos postergando nuestra principal obligación.

Dicen que en una conversación entre dos de nuestros grandes santos, San Francisco Javier le preguntaba a su maestro San Ignacio por la virtud y el jesuita le respondía que no hay mayor virtud que hacer lo que hay que hacer. Tan sencillo como difícil.

El problema radica en que está en nuestra naturaleza -no sólo en la de nuestros hijos- preferir lo que nos es sencillo o lo que nos gusta y postergar lo que nos incomoda o se nos hace demasiado duro. Cada cual procrastina allí donde le aprieta el zapato. Yo por ejemplo nunca avanzó con cualquier actividad que requiera de trámites burocráticos, me colapso, me agobio, me siento impotente, me agoto, y como me agobia tanto, me engaño diciendo que necesito estar tranquila y con tiempo por delante para la ardua tarea de rellenar unos formularios o recabar una documentación. Como podéis imaginar, no abundan las ocasiones en las que esté tranquila y con tiempo de sobra. Total, que al final acabo haciendo papeles a la carrera por haber 'procrastinado' hasta el límite.

Procastinar: el verbo de moda
Foto: ISTOCK 

De jovencita tenía una amiga que no era la mejor estudiante. Su madre me contaba un día que hacía años que no tenía que organizar la limpieza general de la casa porque sabía que, tan pronto empezasen los exámenes finales de su hija, postergaba sus horas de estudio bajo la excusa de que tenía que ayudar a la madre con la limpieza del hogar, tarea que, por cierto, no volvía a abordar hasta los siguientes exámenes.

Los adolescentes tienden a posponer el estudio y son capaces de ordenar su cuarto y dejarlo como los chorros del oro antes de abrir el libro so pretexto de que en una charla de técnicas de concentración les dijeron que sin orden no entra la materia. Olvidan que sin estudiar tampoco...

Los niños procrastinan básicamente todo lo que no sea jugar o comer algo con una interesante cantidad de azúcar. Todo lo demás prefieren postergarlo. Nunca encuentran el momento perfecto y además, como son tan dramáticos como el mejor actor, exageran hasta el extremo el sobrecoste de dejar de hacer la actividad que con tanto agrado disfrutaban para hacer la que no querían.


No procrastinar es, posiblemente, uno de los mayores retos de nuestra lucha interior.


No es fácil conseguirlo pero como el hábito hace virtud, la mejor manera de lograrlo es trabajar desde pequeños la organización de tareas. Si en los primeros compases de sus estudios hemos ayudado a nuestros hijos a empezar con lo que más les cuesta y a terminar todas sus obligaciones antes de entrar en la fase de tiempo libre, les habremos dado la mejor de las herramientas para que procrastinen lo menos posible. Eso sí, la palabra no servirá de nada si no corregimos nosotros nuestros propios defectos. Yo, por lo pronto, voy a terminar de rellenar unos papeles que me miran inquisitoriales desde hace unos cuantos días.

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