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Qué hacer con los hijos en verano: 7 claves para que las vacaciones no se conviertan en un problema 

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Cuando terminan las clases, muchas familias reciben las vacaciones con una mezcla de alivio e incertidumbre. Atrás quedan los madrugones, los deberes, los exámenes y las carreras de última hora. Sin embargo, después de la alegría inicial aparece una pregunta que se repite en muchos hogares: ¿qué hacemos ahora con tantas semanas por delante?

Para algunos padres, el verano acaba convirtiéndose en una sucesión de días improvisados, horarios desordenados, demasiadas pantallas y la sensación de que los niños están constantemente aburridos o reclamando atención. Lo que debería ser un tiempo de descanso y convivencia termina generando tensiones y agotamiento.

Pero no tiene por qué ser así. Las vacaciones escolares no deben convertirse en una prolongación del colegio, pero tampoco en tres meses sin normas, rutinas ni objetivos. El verano ofrece una oportunidad única para que los hijos descansen, desarrollen nuevas habilidades, ganen autonomía, fortalezcan los lazos familiares y disfruten de experiencias que durante el curso son difíciles de vivir.

La clave está en encontrar un equilibrio entre libertad y organización. Los niños necesitan tiempo para jugar, explorar y descansar, pero también necesitan cierta estructura que dé sentido a sus días y evite que las vacaciones se conviertan en un problema para toda la familia.

Estas son siete claves sencillas para conseguirlo.

Los niños y los adolescentes necesitan cierta previsibilidad en su día a día. Durante las vacaciones no hace falta reproducir el horario del curso escolar ni planificar cada hora de la jornada, pero sí conviene mantener algunas rutinas básicas que aporten orden y estabilidad.

Por ejemplo, es recomendable fijar una hora máxima para levantarse, mantener unos horarios de comida relativamente estables, reservar momentos tranquilos para leer o realizar alguna actividad formativa y contar también con tiempos de descanso y ocio.

La flexibilidad es una de las grandes ventajas del verano, pero no debe confundirse con la ausencia de normas o hábitos. Lo importante es que los hijos sepan que, aunque cada día pueda ser diferente, existen ciertos momentos que se repiten y sirven de referencia para toda la familia.

El verano es una magnífica oportunidad para que los hijos comprendan que forman parte de una familia y que, como ocurre en cualquier equipo, las responsabilidades se reparten entre todos. Las vacaciones no deberían convertirse en un tiempo en el que unos descansan mientras otros se ocupan de todo.

Por eso, puede ser un buen momento para revisar los encargos que ya tenían durante el curso o para introducir nuevas responsabilidades adaptadas a esta época del año.

Es importante que cada hijo tenga tareas acordes a su edad y madurez, tanto por su dificultad como por el tiempo que requieren. No se trata de ocuparles ni de convertir la casa en un cuartel, sino de ayudarles a crecer en autonomía, responsabilidad y espíritu de servicio.

Si los hijos tienen deberes de vacaciones, lo más aconsejable es no dejarlos para los últimos días de agosto. Tras una primera semana de descanso, pueden dedicar cada día un pequeño rato a realizarlos, siempre adaptando el tiempo a su edad. De este modo avanzarán poco a poco, sin agobios ni prisas de última hora, y podrán olvidarse de ellos durante los periodos de vacaciones familiares.

La lectura merece una mención especial. Si existe un hábito capaz de transformar un verano, es precisamente este. Una buena idea puede ser visitar regularmente la biblioteca municipal para que cada hijo elija sus propias lecturas, descubra nuevos temas o simplemente disfrute de un espacio tranquilo rodeado de libros.

También ayuda reservar un momento fijo del día para leer. Las horas de más calor, cuando todavía no apetece salir a la calle o a la piscina, suelen ser ideales. Con el tiempo, ese pequeño hábito diario puede convertirse en una puerta abierta a historias, aventuras y aprendizajes que permanecerán mucho después de que termine el verano.

Algunos objetivos razonables pueden ser:

  • De 2 a 5 años: lectura diaria compartida con los padres.
  • De 6 a 9 años: entre 15 y 20 minutos de lectura al día.
  • De 10 a 13 años: entre 20 y 30 minutos diarios.
  • De 14 a 16 años: proponerse la lectura de varios libros a lo largo del verano.

Más que alcanzar una cifra concreta, lo importante es que la lectura forme parte de la rutina veraniega y se asocie al placer de descubrir, imaginar y aprender.

Durante el verano es fácil caer en la tentación de relajar algunas normas que durante el curso están mucho más controladas. El uso de pantallas suele ser uno de los aspectos en los que más rápidamente se amplían los límites. Y aunque es razonable que los hijos dispongan de algo más de tiempo libre, conviene que ese aumento responda a una decisión consciente de los padres y no a la improvisación del día a día.

Cuando no existen reglas claras, las pantallas acaban ocupando más espacio del que desearíamos. Los hijos piden más tiempo, los padres ceden para evitar discusiones y, casi sin darse cuenta, el móvil, la tableta o la consola terminan convirtiéndose en el centro de las vacaciones.

Por eso resulta muy útil comenzar el verano estableciendo unas normas sencillas, claras y conocidas por todos. No se trata de vigilar constantemente ni de entrar en una batalla diaria, sino de fijar límites razonables que faciliten la convivencia. La previsibilidad reduce muchas discusiones.

Algunas reglas que suelen funcionar bien son:

  • No utilizar pantallas durante las comidas, tampoco los adultos.
  • No dormir con el móvil ni la Tablet en la habitación.
  • Los tiempos en familia, mejor sin pantallas.
  • Establecer límites de tiempo conocidos y aceptados por todos los miembros de la familia.
  • Dejar momentos concretos para fotos y vídeos, no estar todo el día «capturando» momentos.

El objetivo no es condenar la tecnología, sino conseguir que las pantallas ocupen el lugar que les corresponde y no desplacen otras actividades mucho más valiosas del verano: jugar, leer, conversar, hacer deporte, aburrirse un poco y disfrutar del tiempo en familia.

Pasar tiempo al aire libre debería ser una de las prioridades de cualquier verano. Tanto los niños como los adultos necesitamos salir de casa, cambiar de ambiente y movernos. Cuando pasamos demasiados días encerrados entre las mismas paredes, el aburrimiento, el mal humor y los conflictos aparecen con mucha más facilidad.

Por eso, conviene procurar que todos los días incluyan algún momento fuera de casa. No hace falta organizar grandes planes ni excursiones espectaculares. A veces basta con ir a hacer un recado, dar un paseo, acercarse al parque, pasar un rato en la piscina o disfrutar de una tarde en la naturaleza.

Además de ser una fuente de diversión, la actividad física y el contacto con el exterior tienen efectos muy positivos en el bienestar de toda la familia. El movimiento ayuda a regular el sueño, mejora el estado de ánimo, reduce el estrés y favorece una convivencia más tranquila.

Una buena regla para el verano podría ser esta: que ningún día termine sin haber salido de casa.

Con los adolescentes conviene cambiar el enfoque. A estas edades, la autonomía bien acompañada suele dar mejores resultados que el control constante. El verano puede ser una excelente oportunidad para ayudarles a asumir una mayor responsabilidad sobre su tiempo y sus decisiones.

En lugar de planificar cada detalle por ellos, es preferible invitarles a reflexionar sobre cómo quieren organizar sus vacaciones. Se les puede animar a establecer algunos horarios básicos, plantearse objetivos personales o pensar en aquellas actividades que les gustaría realizar durante el verano.

Después, padres e hijos pueden revisar juntos esas propuestas, valorar si son realistas y acordar los ajustes necesarios. De este modo, los adolescentes participan activamente en la organización de su tiempo, al mismo tiempo que aprenden a planificar, priorizar y asumir compromisos.

También es un buen momento para conversar sobre cuestiones como qué les gustaría aprender, qué proyectos personales quieren desarrollar, qué planes desean hacer con sus amigos o cómo quieren contribuir a la vida familiar durante las vacaciones.

Más que controlar cada hora de su día, el objetivo es ayudarles a dar pasos hacia una autonomía responsable, una habilidad que les será útil mucho más allá del verano.

No hace falta pasar todo el día juntos para fortalecer los lazos familiares. De hecho, el verano ofrece algo que durante el curso suele escasear: tiempo. Al desaparecer las prisas, los horarios escolares y muchas de las obligaciones habituales, los hijos suelen estar más relajados, más divertidos y más receptivos para compartir experiencias con sus padres y hermanos.

Por eso, conviene reservar algunos momentos familiares que todos conozcan y respeten. No tienen que ser grandes planes ni actividades extraordinarias. Muchas veces son los pequeños rituales los que terminan dejando una huella más profunda.

Algunas ideas pueden ser:

  • Comer o cenar juntos.
  • Organizar una excursión semanal.
  • Reservar una tarde/noche para una película en familia.
  • Disfrutar de sobremesas tranquilas y sin prisas.
  • Compartir juegos de mesa.
  • Cocinar o realizar manualidades juntos.

Con el paso de los años, los hijos rara vez recuerdan un día cualquiera del verano. Sin embargo, sí suelen recordar esas costumbres familiares que se repetían cada semana y que les hacían sentirse parte de algo importante.

Porque las familias no se construyen únicamente a través de grandes acontecimientos, sino sobre todo mediante pequeños rituales compartidos que, repetidos una y otra vez, terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables.


Si hubiera que resumir todas estas ideas en una sola, podría ser la siguiente:

Cada día debería contener algo útil, algo divertido, algo físico y algo compartido.

  • Algo útil: asumir responsabilidades, colaborar en casa o dedicar un tiempo al aprendizaje.
  • Algo divertido: jugar, explorar, crear o simplemente disfrutar del tiempo libre.
  • Algo físico: moverse, hacer deporte, pasear o pasar tiempo al aire libre.
  • Algo compartido: convivir con la familia, quedar con amigos o participar en actividades juntos.

Cuando estos cuatro ingredientes están presentes de forma habitual, las vacaciones dejan de ser una sucesión de días improvisados y se convierten en una experiencia enriquecedora para todos. Un verano así permite descansar, crecer, fortalecer los vínculos familiares y crear recuerdos que permanecerán mucho después de que llegue septiembre.


Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.


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