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¿Escuchamos a nuestros hijos o solo intentamos solucionarles los problemas?

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Miriam Sancho, maestra, psicopedagoga, coach y mentora educativa, reflexiona sobre una de las paradojas más habituales de la educación: queremos ayudar tanto a nuestros hijos que, a veces, nos adelantamos a darles respuestas antes de haberles dado espacio para expresar lo que les ocurre.

Aquí tienes la entrevista completa:

Mucho menos de lo que creemos.

Estamos con ellos, les preguntamos qué les pasa, les damos consejos, intentamos ayudarles… y todo eso puede hacerse desde el cariño. Pero escuchar es algo diferente.

Muchas veces, mientras nuestro hijo habla, nosotros ya estamos pensando qué contestarle. Buscamos una explicación, una solución o una enseñanza. Queremos tranquilizarle, convencerle de que no es para tanto y decirle qué debería hacer.

Y entonces puede ocurrir algo paradójico: estamos intentando ayudarle, pero él no se siente escuchado.

Escuchar implica ser capaces de permanecer un momento en lo que el otro está viviendo, sin tener la necesidad inmediata de cambiarlo.

Porque cuando queremos a alguien, su malestar nos afecta.

Si nuestro hijo llega diciendo que nadie ha querido jugar con él, enseguida queremos solucionarlo. Si ha discutido con un amigo, buscamos quién tiene razón. Si está preocupado por un examen, intentamos tranquilizarle. Si está frustrado, buscamos una alternativa.

Nos cuesta verle sufrir y aparece una necesidad muy humana: hacer algo para que deje de sentirse así.

Pero quizá deberíamos preguntarnos: ¿Necesita que le solucione lo que le ocurre o necesita sentir que estoy a su lado?

No siempre tenemos que eliminar aquello que nuestros hijos sienten y les hace sufrir. A veces necesitan comprobar que pueden sentir tristeza, frustración, miedo o decepción y que nosotros permanecemos cerca sin asustarnos, minimizarlo ni correr a hacerlo desaparecer.

No. El problema no es aconsejar. El problema es aconsejar antes de escuchar.

Hay momentos en los que nuestros hijos necesitan orientación, límites, criterio e incluso que les digamos claramente qué deben hacer.

Pero una cosa es intervenir porque la situación lo requiere y otra hacerlo porque nosotros no toleramos el silencio, la incertidumbre o su malestar.

Podemos hacer algo muy sencillo antes de responder: preguntar.

Parece una pregunta pequeña, pero cambia completamente la conversación, porque deja de colocar al adulto en el papel de quien tiene todas las respuestas y permite al hijo empezar a descubrir las suyas.

¿Qué ocurre cuando siempre les damos nosotros la solución?

Que podemos transmitirles, sin querer, un mensaje peligroso: “Cuando tengas un problema, necesitarás que alguien te diga qué hacer.”

Y educar consiste precisamente en ir haciendo posible lo contrario; que aprendan a pensar, a tomar decisiones, a equivocarse, a revisar lo ocurrido, a buscar alternativas o a asumir las consecuencias de sus decisiones.

Si cada dificultad que atraviesan llega inmediatamente acompañada de nuestra solución, les privamos de una parte importantísima del aprendizaje: descubrir que ellos también tienen recursos para afrontar lo que les sucede.

Y ahí hay una confusión importante: no solucionarlo por él no significa dejarle solo. Entre hacerme cargo de su problema y desentenderme de él, existe un espacio enorme: acompañar.

Puedo estar a su lado sin hacer el camino por él, puedo escucharle sin darle una respuesta, puedo ayudarle a pensar sin pensar por él., puedo sostener su frustración sin eliminar aquello que la provoca.

Acompañar quizá sea una de las tareas más difíciles de la educación porque exige encontrar continuamente esa distancia: ni hacerlo por ellos, ni abandonarles ante la dificultad. Estar cerca mientras descubren que pueden.

Hay una señal bastante sencilla: observar cuánto hablamos nosotros.

A veces, hacemos una pregunta y, antes de que nuestro hijo haya terminado de contestar, ya hemos hecho otras tres, hemos interpretado lo que le ocurre y le hemos explicado lo que debería hacer.

Escuchar requiere curiosidad.

  • En lugar de: “Eso te pasa porque…”, podemos preguntar: “¿Qué crees que ha pasado?”
  • En lugar de: “No deberías sentirte así.”, podemos preguntar: “¿Qué es lo que más te ha dolido?”
  • n lugar de: “Lo que tienes que hacer es…”, podemos preguntar: “¿Qué crees que podrías hacer ahora?”

Las preguntas no son una técnica para conseguir que nuestros hijos nos cuenten cosas. Son una forma de transmitirles algo mucho más profundo: “Lo que piensas me importa.”

Ahí es donde escuchar se vuelve realmente difícil.

Es fácil escuchar cuando lo que nos cuentan encaja con lo que pensamos. Lo complicado es hacerlo cuando nos sorprende, nos entristece o nos preocupa, y precisamente entonces es cuando más importa nuestra reacción. Porque nuestros hijos van aprendiendo qué cosas pueden contarnos observando qué ocurre cuando nos las cuentan.

Si cada vez que nos dicen algo difícil reaccionamos inmediatamente con un juicio, un sermón, un enfado o un interrogatorio, es posible que la próxima vez no nos lo cuenten.

Escuchar no significa aprobar. Podemos escuchar una decisión con la que no estamos de acuerdo. Podemos comprender una emoción sin justificar una conducta. Podemos intentar entender qué ha ocurrido y después poner un límite.

Muchísimo antes. La confianza no aparece de repente en la adolescencia. Se construye en cientos de conversaciones aparentemente pequeñas: cuando nos cuentan algo que para nosotros parece insignificante, cuando repiten por quinta vez la misma historia, cuando vienen enfadados por algo que consideramos una tontería.

Para nosotros puede ser pequeño, pero para ellos no lo es.

Y quizá cada una de esas conversaciones contiene una pregunta que nunca llegan a formular: “¿Puedo acudir a ti con lo que me pasa?”

La respuesta no se la damos con nuestras palabras. Se la damos con nuestra manera de recibirles y reaccionar.

Muchísimo. Escuchar necesita algo que hoy escasea: presencia.

Podemos preguntar “¿qué tal el colegio?” mientras miramos el móvil, recogemos la cocina o pensamos en el siguiente correo que tenemos que contestar. Estamos físicamente allí, pero nuestra atención está en otro sitio. Y nuestros hijos perciben perfectamente la diferencia.

No necesitamos mantener conversaciones profundas todos los días. A veces bastan diez minutos de atención verdadera.

Porque la conexión no siempre depende de cuánto tiempo pasamos juntos, sino de cómo estamos cuando estamos juntos.

Una muy sencilla:

Quizá necesita una solución, un límite, ayuda para ordenar lo que está sintiendo o que le hagamos una pregunta que le ayude a pensar. Pero puede que sólo necesite sentarse a nuestro lado y comprobar que no tiene que resolver inmediatamente lo que le pasa, que puede sufrir a nuestro lado.

No todo lo que duele necesita una solución inmediata. Algunas cosas necesitan primero ser escuchadas.

Aprende que lo que siente puede ser expresado, que sus pensamientos merecen ser escuchados, que puede detenerse antes de reaccionar, que no necesita tener siempre una respuesta inmediata y, sobre todo, empieza a escuchar también su propia voz.

Porque quizá uno de los grandes objetivos de escuchar a nuestros hijos no sea conseguir que nos lo cuenten todo, sino ayudarles a que, algún día, cuando nosotros no estemos delante para decirles qué hacer, sepan detenerse, escucharse y encontrar dentro de ellos sus propias respuestas.


Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.


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