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Qué hacer después de discutir delante de los hijos: 5 tips para repararlo ocurrido

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Una discusión que empieza por algo cotidiano puede terminar con voces más altas de lo habitual, reproches o palabras que después lamentamos. Y, en medio de todo, están nuestros hijos. Quizá se han quedado callados, se han marchado a su habitación o nos han mirado sin entender muy bien qué estaba pasando.

Cuando recuperamos la calma, es normal preguntarse cómo les habrá afectado y qué podemos hacer ahora. A veces, nuestra primera reacción es comportarnos como si nada hubiera ocurrido, pensando que así evitaremos dar más importancia al conflicto.

Sin embargo, después de discutir delante de nuestros hijos, es importante dedicar un momento a reparar lo sucedido. Reconocer cómo hemos actuado, escucharles y transmitirles tranquilidad puede ayudarles a comprender lo ocurrido y recuperar la seguridad que necesitan.

Después de una discusión es posible que todavía sintamos enfado, tristeza o frustración. Si intentamos hablar con nuestros hijos en ese estado, podemos terminar dando explicaciones precipitadas, justificándonos o trasladándoles una tensión que todavía no hemos conseguido manejar.

Por eso, conviene esperar a estar lo suficientemente tranquilos para poder escucharles y hablar sin volver a alterarnos. Pero esto no significa dejarles solos con su preocupación.

Si les vemos asustados, podemos acercarnos y decirles algo sencillo: «Antes hemos discutido y ahora necesitamos calmarnos un poco. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado. Después podemos hablar».

No hace falta que el desacuerdo esté completamente resuelto para tener esa conversación. Los adultos podemos seguir pensando de manera diferente y, aun así, hacernos responsables de cómo hemos reaccionado.

Lo ideal es que ambos progenitores puedan transmitirles tranquilidad. Si todavía existe mucha tensión entre ellos, uno de los adultos puede acompañarles sin necesidad de esperar a que todo se solucione.

No existe una frase que consiga borrar lo que nuestros hijos han visto o escuchado. La reparación es un proceso en el que las palabras importan, pero también lo que hacemos después.

Estas son algunas de las recomendaciones que conviene tener en cuenta.

Cuando una discusión nos avergüenza o nos hace sentir culpables, puede resultar tentador pasar página rápidamente. Volvemos a preparar la cena, ponemos la televisión o seguimos con nuestras tareas habituales.

El problema es que nuestros hijos pueden continuar preocupados, aunque aparentemente todo haya vuelto a la normalidad.

Reconocer lo ocurrido les permite entender que somos conscientes de lo que ha pasado y que no vamos a ignorarlo.

Podemos decirles: «Antes hemos discutido y he levantado demasiado la voz. No estuvo bien hacerlo y siento que hayas tenido que escucharlo».

Pedir perdón resulta especialmente importante cuando hemos gritado, insultado o reaccionado de una manera que ha podido asustarles. También les estamos mostrando que los adultos podemos equivocarnos y asumir nuestra responsabilidad

Eso sí, conviene evitar las disculpas que terminan convirtiéndose en reproches hacia la otra persona: «Siento haber gritado, pero es que tu padre me estaba sacando de quicio».

Podemos explicar que estábamos enfadados, pero sin utilizar ese enfado para justificar nuestro comportamiento.

Los niños pequeños pueden interpretar lo que sucede a su alrededor relacionándolo con su propio comportamiento.

Imaginemos que dos progenitores empiezan a discutir porque uno considera que el otro no está colaborando suficientemente con las tareas de los hijos. Aunque el conflicto sea entre adultos, el niño podría pensar que, si no hubiera necesitado ayuda con los deberes, sus padres no se habrían enfadado.

Por eso, es importante decirles expresamente que ellos no tienen la culpa de cómo hemos gestionado nuestro desacuerdo, incluso cuando la discusión haya comenzado por un asunto relacionado con ellos.

Una explicación puede ser: «Aunque hayamos discutido por algo que tenía que ver contigo, tú no has hecho nada malo. Somos nosotros quienes tenemos que aprender a hablar de estas cosas sin gritarnos».

También necesitan saber que no tienen ninguna obligación de solucionar el problema. No debemos pedirles que convenzan al otro progenitor, que transmitan mensajes o que nos ayuden a hacer las paces.

Tampoco corresponde a los hijos decidir quién tiene razón. Cuando les colocamos en esa posición, aunque sea sin querer, les estamos dando una responsabilidad emocional que no les pertenece.

Una vez que hemos reconocido nuestra responsabilidad, podemos interesarnos por cómo han vivido la discusión.

Quizá nos cuenten que se asustaron, que se sintieron tristes o que pensaron que íbamos a separarnos. También puede ocurrir que respondan con un «no sé» y prefieran seguir jugando o quedarse a solas.

Cada niño puede reaccionar de una manera diferente. Algunos necesitan preguntar inmediatamente qué ha sucedido, mientras que otros tardan un tiempo en encontrar las palabras.

Si nos dicen que tuvieron miedo, es preferible evitar respuestas como «no ha sido para tanto» o «no tienes por qué preocuparte».

Aunque para nosotros haya sido una discusión relativamente habitual, para ellos puede haber resultado mucho más inquietante de lo que imaginamos.

Podemos responder: «Entiendo que te hayas asustado. Hemos gritado y sé que no ha sido agradable escucharnos así».

En ocasiones, los adultos tenemos tanta necesidad de comprobar que nuestros hijos están bien que insistimos en preguntarles una y otra vez. Sin embargo, esa insistencia puede resultar incómoda.

Si no quieren hablar, podemos respetarlo y recordarles que estaremos disponibles cuando lo necesiten. Del mismo modo, pedirles perdón no significa que deban perdonarnos inmediatamente o dejar de estar enfadados.

Las explicaciones son importantes, pero nuestros hijos también necesitan comprobar que el ambiente familiar vuelve a ser tranquilo y predecible.

Después de una discusión podemos recuperar las rutinas habituales, compartir algún momento agradable con ellos o simplemente estar disponibles si buscan nuestra compañía.

A veces, algo tan cotidiano como sentarnos a leer un cuento, preparar juntos la cena o acompañarles antes de dormir puede resultar más tranquilizador que seguir hablando del conflicto.

También es positivo que puedan observar que los adultos volvemos a tratarnos con respeto, aunque todavía tengamos opiniones diferentes.

No es necesario representar una reconciliación que aún no se ha producido, abrazarnos por obligación o fingir que estamos perfectamente. Los niños suelen percibir cuando existe una tensión que intentamos ocultar.

Si todavía tenemos asuntos que resolver, podemos explicarles que los hablaremos en otro momento y que nos corresponde hacerlo de manera respetuosa.

Lo importante es que las disculpas vayan acompañadas de un comportamiento coherente. Si pedimos perdón por haber gritado, pero volvemos a hacerlo constantemente, nuestras palabras terminarán perdiendo credibilidad.

No podemos ofrecer la misma explicación a un niño de cuatro años que a un adolescente. La edad, la madurez y lo que hayan presenciado nos ayudarán a decidir cuánto contarles.

Con los niños pequeños, es preferible utilizar frases sencillas y concretas. Las explicaciones largas sobre problemas de pareja, económicos o familiares pueden confundirles y hacerles sentir involucrados en asuntos que no comprenden.

Podemos decirles: «Papá y mamá nos hemos enfadado y hemos hablado muy alto. No hemos hecho bien en gritar. Tú no tienes la culpa y vamos a ocuparnos nosotros de solucionarlo»

Si quieren acercarse, sentarse a nuestro lado o recibir un abrazo, podemos ofrecerles ese contacto afectivo sin forzarlo.

Con los hijos mayores y adolescentes, conviene hablar con más naturalidad y reconocer que pueden tener su propia opinión sobre lo ocurrido.

Por ejemplo: «Sé que la discusión de antes ha sido desagradable. Hemos perdido los nervios y no me gusta cómo lo hemos gestionado. Entiendo que puedas estar enfadado con nosotros».

Los adolescentes pueden querer conocer el motivo del conflicto. Podemos darles una explicación general y sincera, pero sin convertirlos en confidentes ni contarles detalles íntimos de la relación.

Hay preguntas especialmente delicadas, como «¿Os vais a separar?» o «¿Ya no os queréis?».

En esos casos, debemos responder con honestidad y teniendo en cuenta la situación real de la familia. No conviene prometer que nunca habrá una separación si no podemos asegurarlo, pero sí podemos transmitirles que los problemas de los adultos no son responsabilidad suya y que seguiremos ocupándonos de su bienestar

Y si prefieren no hablar, también debemos respetarlo. A veces necesitan tiempo para ordenar lo que sienten antes de compartirlo con nosotros.

Una discusión puntual, aunque haya sido desagradable, no tiene por qué provocar un daño psicológico duradero. También importa cómo se ha desarrollado, con qué frecuencia suceden estos enfrentamientos y qué ocurre después.

Una investigación de McCoy, Cummings y Davies sobre los conflictos entre progenitores y la seguridad emocional infantil señala la importancia de cómo se gestionan los desacuerdos en la familia.

Cuando las discusiones son frecuentes, los gritos se convierten en una forma habitual de comunicarse o nuestros hijos muestran un miedo persistente a que vuelva a producirse otro enfrentamiento, conviene prestar atención.

En estas circunstancias, la reparación requiere algo más que pedir perdón: necesita cambios reales en la manera de relacionarnos y resolver los conflictos.

Es importante distinguir los desacuerdos familiares de las situaciones en las que existen amenazas, intimidación o violencia. Cuando hay agresiones, coacción o miedo, la prioridad debe ser proteger a los menores y buscar ayuda especializada, no promover una reconciliación forzada.

Después de discutir delante de nuestros hijos podemos sentir culpa, vergüenza o preocupación por cómo hemos actuado. Es comprensible, pero quedarnos únicamente en ese sentimiento no cambia lo ocurrido. Reconocer nuestros errores, escuchar cómo lo han vivido y actuar de otra manera cuando aparezcan nuevos desacuerdos es lo que puede ayudarles a recuperar la confianza.

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Para los buenos padres que quieren ser mejores padres.


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