La adolescencia es un proceso de maduración personal, de repensar las cosas, un descubrir su personalidad e identidad, para ir construyéndose a sí mismos: con sus propios talentos, sueños y anhelos, y atisbar el sentido de su vida.
Por este motivo, el cerebro adolescente está en plena explosión y cambio, con poda de neuronas y nuevas conexiones, circuitos y redes. Su sistema límbico está exaltado, y la corteza prefrontal, con las capacidades superiores de la persona, inmadura… Están en pleno cambio estructural cerebral, con lo que el pensamiento analítico, el poder de decisión, el autocontrol y manejo de emociones y procesamiento de recompensas… no están todavía operativos. Sin embargo, debemos ayudarles con pequeños trucos para que se vayan entrenando en usar su cerebro de forma proactiva, protegiéndoles de lo que retrase su maduración cerebral y personal.
Y con esta mezcla “explosiva” tenemos que comprenderlos, quererlos, y animarles, con optimismo, desde un segundo plano, sin dejar de exigir con pequeños retos lo que necesitan en esta etapa crucial.
12 Claves que pueden ayudar:
1 Escucha a tu hijo con paciencia.
Habla con él, con ella, que no es sinónimo de darle una charleta, ni de interrogarle… Aprende a ver lo que quiere decir sin palabras: con su mirada, su conducta. Interésate por su vida cotidiana. Sé comunicativo para que haya confianza, cuéntale tus cosas, sin esperar o pretender que lo haga también.
No admiten grandes discursos, pero sí dejar caer una idea, con gracia, en un momento oportuno. Y sobre todo nuestra coherencia personal: nos miran y escudriñan constantemente.
2 Dile sus cualidades y habilidades para que las conozca y las pueda desarrollar.
Transmite los valores importantes personificándolos: es decir, con tu ejemplo de vida.
Fomenta su autoestima: dile en lo que es bueno, y esas fortalezas específicas suyas. Elogia lo que hace bien y el esfuerzo que pone en cualquier detalle. Lo positivo es más efectivo y constructivo que detenerse en lo que no nos gusta. A veces sólo intentan saber cómo son, o si pueden hacer algo.
3 Usa tu autoridad y referente de forma distinta a otras etapas:
Sugiriendo, motivando, en un clima de confianza, en la dirección de su formación personal y en la participación en la vida en familia. Busca encargos que le gusten y se le den bien para que disfrute, y otros que le reten en algo. Ahí estará su crecimiento como persona. Con esas responsabilidades se crecen y aprenden a pensar en los demás, por cariño.
Abridles el corazón, adecuado a su edad y madurez, y contad con su opinión y sus decisiones en temas que os preocupen: se sentirán escuchados, valorados y queridos. ¡Importantes!
Y a veces ¡hay que decir que NO! Aprenden, se sienten ayudados, y más tarde lo entenderán. En familia es preciso conseguir un equilibrio entre vivir unos valores, basados en principios, y hacer un ambiente alegre, cuidando la calidez y la afectividad de cada uno. Pero sin ceder en lo importante por mantener una aparente «calma».
4 Crea un clima de confianza:
Dale la independencia y la autonomía que necesite, desde bien pequeño, aunque se equivoque. Ayúdale a decidir por sí mismo. Y explícale que la libertad no es sólo autonomía o elección, sino que va unida a la responsabilidad, lo cual capacita para poder amar. Dadles libertad, y pequeñas y grandes responsabilidades: que aprendan a decidir y apuntar a metas altas, valiosas, ¡nobles!
5 Educa su carácter desde muy pequeño:
Debe entrenar su voluntad y aprender a luchar. Aquí el padre tiene un papel muy relevante, pues les ayuda a superar obstáculos, a esforzarse, a salir de la vida cómoda. Él los lanza fuera para que aprendan a volar… A nosotras nos costaría más.
6 Hablad con ellos de sus temas y preocupaciones:
Elaborando un plan de metas y objetivos que quiera conseguir. Hacedlo en pequeñas dosis. Con exigencia comprensiva, y una sonrisa.
No le lleves la contraria en temas de poca trascendencia: céntrate en lo importante.
7 No se trata de solucionarle la vida, sino de hacerle pensar por cuenta propia, y que aprenda a tomar decisiones:
Por ejemplo haciendo buenas preguntas, poniéndole en situación de coherencia, dejando caer alguna idea necesaria como de pasada… Y ante sus emociones, a veces tan desbordadas, enseñarles a poner un punto de reflexión. También imaginación para ver alternativas ante posibles conflictos, antes de que ocurran.
Tienen mucha energía y quieren cambiar el mundo, pero que empiecen por lo pequeño: encauzar esa rebeldía hacia lo que le mejora como persona. Aprender autodominio para pensar y actuar con más libertad. Y enfocarles hacia los demás: hermanos, familia, amigos… Si quieres ampliar, en mi blog: «enseñarles a querer».
8 Ante algo incorrecto, a veces basta con una mirada:
Un gesto de disconformidad para que se dé cuenta que no está bien. No hace falta castigar por sistema. Hablar con él, con ella, y corregir en privado, con delicadeza; que nos duela hacerlo. Y siempre resaltando lo bueno que tienen y hacen, que a veces ni vemos.
Además, ellos mejoran cuando se sienten queridos, especialmente gracias al amor mutuo de los padres, en el que se miran y se crecen. Y aprenden por modelos de conducta, no por discursos o malas caras… Y luego, confiar.
Y acostúmbrate a perdonar y olvidar. Perdonar es amar más de lo que puede fallar, y es creerle capaz de ser mejor que eso que ha hecho… Dale nuevas oportunidades. Muchas. Y ejemplo vivo de perdón.
9 Enséñale a planificar el tiempo:
Hablar con ellos de su organización, enseñando a pensar y priorizar. Que se organicen con sus actividades y dediquen el tiempo suficiente al estudio usando el cerebro de forma proactiva. Pensar en un medio o largo plazo en cosas concretas para que vayan utilizando y madurando su corteza prefrontal. Te lo cuento en »plasticidad cerebral en adolescentes».
Sucumbir a las emociones, tan disparadas en esta etapa, o a las pantallas, que saturan de dopamina a demanda, no les ayuda a madurar. Al contrario: debilita la voluntad y las capacidades de la corteza prefrontal, que se están desarrollando. Así el cerebro no «trabaja», no se forman nuevas conexiones, no aprende, no se reestructura, no madura. Hay que cuidarlo. Por eso es bueno tener pequeños objetivos y entrenar el autocontrol: aprender a postponer recompensas inmediatas por un bien mayor, o a más largo plazo. Es decir, autogobernarse.
Por eso son necesarios los tiempos de silencio para pensar, ver en qué centrarse, escuchar música, serenarse…
10 Valorar en mucho la amistad, que a ellos tanto les gusta:
Explícale la diferencia entre amigos, compañeros y cómplices. Que haga muchos amigos, con valores semejantes, y sea buen amigo de sus amigos: que busque el bien para los otros, que eso es la amistad.
La familia, siempre abierta a los amigos y a otras familias. Es preciso darles libertad en ambientes de confianza, con gente joven responsable. Que desplieguen sus alas donde si se caen no tengan un accidente mortal…
11 Prepararles para el amor:
Fomentad la libertad que puedan asumir en cada momento, según su madurez, para que puedan crecer. Quien no es libre no podrá amar. Entrenar la capacidad de pensar en los demás: ser empáticos y generosos. El amor nace de la amistad, y los buenos amigos son un tesoro que cuidar.
Explicadles desde pequeños qué es el amor: que consiste más en pensar en el otro, que en uno mismo. No tanto en emociones vibrantes, sino en compromiso y decisión de querer-querer. Por eso, hay que pensar antes de… Cuidar la intimidad y el corazón: no todo se cuenta, o se expone, ni mucho menos se pone en las redes. El amor y la sexualidad implican a toda la persona, hasta el fondo del corazón. No son un juego, y si se saca de su marco específico se convierte en una trampa que atrapa, degrada, cosifica y pasa factura. Y uno no es feliz. La felicidad tiene más que ver con la capacidad de amar.
12 Con motivos trascendentes:
Son los que dan más sentido y fuerza en la vida. Pero, en los jóvenes, la falta de trascendencia es la principal causa de ansiedad, angustia existencial, y falta de sentido…
Por tanto, siempre comprender, acoger, creerles capaces de grandes cosas, y proteger su cerebro de pantallas, que retrasan y debilitan su propia capacidad de pensamiento y su voluntad para metas valiosas que les ilusionan.
En resumidas cuentas, es necesario que aprendan a reflexionar antes de actuar, a poner el filtro de la inteligencia a los sentimientos, para su autodominio personal. Integrar cabeza y corazón, como ya señalaran los clásicos griegos. Cuidar los espacios interiores que “construyen”, para conocerse, motivarse, plantearse metas y retos que a ellos les entusiasmen…, y tener buenos amigos: que descubran la dicha de ayudar.
Mª José Calvo