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Primero lo ven, luego lo copian: el efecto espejo de las series en niños y adolescentes

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Un niño imita sin darse cuenta la broma que vio en un capítulo de su serie favorita. Una adolescente reproduce en el patio una discusión que acaba de ver en redes. Un juego en casa refleja las actitudes de un personaje que admiraron horas antes. No es casualidad.

Las pantallas no solo entretienen: ofrecen guiones de cómo hablar, cómo enfrentarse a la autoridad, cómo relacionarse y cómo gestionar emociones. Y cuando nadie les ayuda a interpretarlas, la ficción deja de quedarse en la pantalla y empieza a ensayarse en la vida real. La pregunta incómoda es esta: si lo primero lo ven allí, ¿quién les está enseñando a entenderlo aquí?

Lo que están aprendiendo (aunque nadie lo haya programado):

Películas como Profesor Lazhar muestran cómo un aula se enfrenta al duelo y cómo la empatía ayuda a reconstruir relaciones. Series y largometrajes actuales intensifican conflictos –burlas, rebeldía, relaciones tóxicas o presión de grupo– que pueden ser reproducidos tanto por niños como por adolescentes en casa o en la escuela. Series como Euphoria o Élite no inventan los problemas, pero los presentan de manera llamativa, aumentando la probabilidad de imitación sin guía adulta.

Durante unas jornadas sobre cine y educación en la Universidad San Pablo CEU, los profesores Federico Alba Figuero y Juan Orellana subrayaron algo fundamental: “la ficción siempre educa, porque ofrece modelos de conducta”. Niños y jóvenes buscan en la pantalla referentes emocionales; cuando no los encuentran en la vida real, los adoptan de la ficción.

El problema no es la pantalla, es el silencio:

La profesora María Solano lo resume en su libro Pantallas, qué remedio: la tecnología no educa sola, pero tampoco es neutra. Sin mediación adulta, la pantalla se convierte en referencia.

Los expertos del CEU insistieron en la “mediación consciente”: los adultos deben guiar la interpretación, sin ridiculizar ni prohibir, sino ayudando a contextualizar lo que los niños y adolescentes consumen. Pedagogos como Francesco Tonucci o Paulo Freire recuerdan que educar no es aislar a los alumnos de la realidad, sino enseñarles a comprenderla críticamente. Y hoy, esa realidad pasa, inevitablemente, por las pantallas.

Del consumo pasivo al diálogo activo:

No se trata de prohibir, sino de acompañar. Comentar una escena en clase, preguntar “¿qué habrías hecho tú?” o debatir sobre las emociones de los personajes puede ayudar tanto a niños como a adolescentes a diferenciar ficción y vida real.

Programas como el de la Filmoteca Española, con su iniciativa EducaFilmoteca, muestran que el audiovisual puede ser un recurso educativo potente cuando se introduce con intención pedagógica. La clave está en pequeñas intervenciones constantes: escuchar, preguntar y acompañar.

Cómo intervenir: recursos prácticos

En la jornada celebrada en el CEU, los expertos en cine Juan Orellana y Federico Alba remarcaron que la eficacia está en acciones sencillas, adaptables a cualquier hogar o aula:

  • En el aula: guías didácticas como la de Profesor Lazhar permiten abrir debates sobre duelo, empatía y autoridad. Comentar una escena o preguntar “¿qué harías tú en esta situación?” fomenta la reflexión.
  • En casa: dinámicas como “cine en familia”, donde después de ver un capítulo o película se conversa sobre lo que enseñó o lo que se podría haber hecho diferente. Libros como Pantallas, qué remedio ayudan a orientar la conversación y fomentar el pensamiento crítico.
  • Para niños y jóvenes: escribir finales alternativos, grabar podcasts comentando escenas o analizar la conducta de un personaje. Estas actividades desarrollan la capacidad de pensar antes de imitar.
  • Lo que ocurre cuando no intervenimos:

Si nadie acompaña, el mensaje más impactante se convierte en modelo. Niños y adolescentes absorben conductas y actitudes que después reproducen. Un modelo de relación, una forma de responder a la autoridad o incluso bromas que parecen inocentes pueden calar profundamente.

Los expertos del CEU advirtieron que muchos conflictos escolares no nacen en la escuela, sino en otros espacios donde los niños y jóvenes practican lo aprendido de la pantalla. La diferencia entre imitar y reflexionar suele estar en una conversación a tiempo.

Educar también es enseñar a mirar

Las pantallas no van a desaparecer. Tampoco las historias intensas ni los personajes imperfectos. Entre la ficción y la vida real hay un espacio educativo que no puede quedar vacío.

Si primero lo ven y luego lo prueban, nuestra tarea no es apagar la pantalla, sino encender el pensamiento crítico.


Luis Monedero Casillas

Estudiante de Educación en la Universidad CEU San Pablo

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