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7 razones por las que no agobiarnos aunque no seamos padres perfectos

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Leemos mucho sobre cómo educar. Vemos vídeos. Seguimos consejos en redes sociales. Y, a la hora de la verdad, en demasiadas ocasiones, todo nos sale al revés. Pero no pasa nada porque aunque no seamos padres perfectos, el amor a nuestros hijos está por encima de todo. No somos padres perfectos. Somos sus padres y los queremos.

Si el problema de las generaciones previas es que no se preocupaban demasiado por el modelo educativo que estaban utilizando con sus hijos, el problema de las generaciones actuales es que se preocupan demasiado por si lo están haciendo bien.

Y casi siempre lo hacemos bien, pero a veces no lo hacemos tan bien. Y realmente, aunque nos parezca grave, ese momento en el que metimos la pata será, seguramente, sólo un hecho anecdótico en el conjunto completo de su educación.

Por eso no podemos obsesionarnos. Nuestros padres también se equivocaron algunas veces y no es, en absoluto, lo que más recordamos con ellos. E incluso si las cosas pudieron hacerse de otra manera, no ha sido tan malo que se hayan hecho de esta.

Tenemos que perdonarnos más, conocernos mejor, saber cuáles son nuestros puntos débiles y trabajar sobre ellos, con confianza, sin desesperación ni sentimiento de culpabilidad.

Y si no llegamos a todo, si saltamos por una tontería, si olvidamos una cita del médico, si hoy comemos comida basura, tenemos que aprender a relativizar porque el mundo no se va a acabar ni la personalidad de nuestros hijos va a estar marcada por ese tropiezo.

Lo importante es intentarlo siempre con ilusión renovada.

Te dejamos siete consejos que te pueden ayudar a no caer en el perfeccionismo excesivo


Estas son siete razones para no agobiarnos aunque no seamos padres perfectos:

1 Porque el perfeccionismo enferma y nos angustia.

Nos lo contaba en una entrevista Isabel Rojas Estapé, psicóloga y madre. Si nos obsesionamos por hacerlo todo bien, nos agobiará lo que sale regular.

2 Porque somos humanos y estamos aprendiendo.

A veces reaccionamos movidos por las emociones o simplemente no sabemos cómo afrontar un problema nuevo para nosotros. Pero mejoramos cada día.

3 Porque conocer nuestros límites nos hace crecer.

Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato, cuál es su punto de lucha en el que tiene que poner el foco de atención. Es el punto de partida para recomenzar.

4 Porque les damos ejemplo cuando pedimos perdón.

Lejos de perder autoridad si nos hemos equivocado, ellos entienden que el error y el propósito de enmienda forman parte del camino natural de crecimiento.

5 Porque casi siempre lo hacemos bien.

No podemos fustigarnos con ese día en el que perdimos los papeles o aquel otro en el que les dimos un capricho. La educación es toda una vida, no un par de errores.

6 Porque nuestros límites les ayudan a entender el mundo.

Así ven que las reacciones de los demás no son como las de un robot y que no siempre nos comportamos con justicia. Lo importante es intentar mejorar siempre.

7 Porque, por encima de todo, está el amor en la familia.

Después de una bronca, o un error que nos hace sentir mal, lo que queda es ese amor en famlia que nos devuelve a todos la alegría de sabernos siempre amados.


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