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Del ‘ojo por ojo’ a las ’70 veces 7′: ¿Cómo les explicamos que hay que hacer el bien aunque cueste?

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No es fácil hacer el bien. Cuesta, porque el primer impulso es responder de la misma manera que han hecho con nosotros. El reto está en comprender las emociones que tenemos y, sin negarlas, gestionar la respuesta más adecuada con asertividad. Nos toca educar contracorriente.

Enseñar a los niños y adolescentes a cuidar de los demás y a rechazar la violencia no es solo una cuestión de «buenos modales»; es la base para construir una sociedad funcional y sana. En un mundo que a menudo premia el individualismo, fomentar la emhttps://www.hacerfamilia.com/ninos/conseguir-hijo-entienda-empatia-20220227173915.htmlpatía y la resolución pacífica de conflictos es una herramienta de supervivencia emocional.

La empatía, virtud clave

Que nuestros hijos aprendan a ser empáticos requiere todo un proceso. Porque hay una reacción natural que puede ser muy egoísta. Requiere de ejemplo y entrenamiento, de prueba y error. De caídas desde las que comenzar y recomenzar una y otra vez.

La asertividad, virtud necesaria

Desterrar el ‘ojo por ojo’ no implica hacer a nuestros hijos débiles o permitir que se propasen con ellos. Que no hagan el mal como lo recibieron no significa que no denuncien la injusticia, que no la paren y que no digan claramente que no están dispuestos a tolerarla.

Un camino en el que educamos contracorriente

Es verdad que hoy no es fácil seguir estas pautas porque parece que vamos contracorriente respecto a las tendencias mayoritarias en la sociedad. Nosotros queremos hijos buenos que sepan actuar en conciencia mientras que el mundo genera personas individualistas y egoístas. Pero en la bondad reside, en buena medida, su propia felicidad.


Te dejamos unas claves que te ayudarán a reflexionar sobre este tema.

1 No tenemos que dejarnos arrastrar por las emociones

Aunque el primer impulso cuando alguien nos hace daño sea reaccionar mal, de nosotros depende parar, pensar y tomar la decisión de actuar de otra manera.

2 Tienen que ser asertivos, no violentos o maleducados.

El matiz es importante porque no se trata de que nuestros hijos no dejen claros sus límites, sino de que los dejen claros sin usar la violencia física o verbal.

3 Que mediten las opciones cuando alguien los agrede.

Quizá pueden resolverlo ellos y gestionarlo con quien se ha portado mal, quizá hay que pasar del tema, quizá toca decírselo a un adulto responsable aunque cueste…

4 Es normal que sientan odio, enfado, tristeza o ira.

Les enseñamos a gestionar sus emociones para tomar decisiones correctas, pero eso implica aprender a reconocer esas emociones, no negar su existencia.

5 Generamos un espíritu de confianza para que cuenten.

Sólo en un hogar como el nuestro, alegre, abierto, que escucha, serán capaces de contarnos el mal que les han hecho y el que han hecho ellos para crecer desde ahí.

6 Somos el mejor ejemplo: en casa resolvemos con amor.

Eso significa que en nuestra casa hay tantos enfados como en las demás, pero sabemos gestionarlos de manera que no respondemos al mal con aún más mal.


Y el libro que estabas buscando para resolver estas dudas

Educar los sentimientos. Inteligencia emocional y equilibrio afectivo

Alfonso Aguiló Pastrana

Hasta hace no mucho se consideraba el Coeficiente intelectual (CI) una garantía de éxito a nivel académico y profesional. Sin embargo, durante las últimas décadas, la investigación ha señalado otras capacidades y habilidades necesarias para tener éxito tanto en la vida como en el ámbito laboral. En esa misma dirección apuntan las teorías de la Inteligencia Emocional y las Inteligencias Múltiples que hoy en día gozan de gran popularidad y aceptación.

Sin duda, las emociones juegan un papel vital en nuestro día a día y a largo plazo. Resulta patente que muchas personas con un alto coeficiente intelectual (CI), pero con escasa inteligencia emocional, alcanzan menores éxitos que otras de modesto CI pero que han sabido educar bien sus sentimientos. Parece claro que un elevado CI no constituye, por sí solo, una garantía de triunfos profesionales, y mucho menos de una vida acertada y feliz.

«Las personas que gozan de una buena educación de los sentimientos suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces, y hacen rendir mucho mejor su talento natural».


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