Condicionados por las emociones, ¿cómo aprender a gestionarlas?

Condicionados por las emociones
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El término "inteligencia emocional" se acuñó en 1990, realmente hace muy poquito. Pero siempre hemos vivido con la perspectiva de que hay emociones buenas y emociones malas. Es mucho mejor sentir las buenas que sentir las malas. Si esto es así, vamos a intentar no sentir las malas y solo sentir lo bueno, lo que aparentemente sería una lógica.

Pero, desde un modelo ecléctico en el que yo trabajo, entiendo que eso, aunque los teóricos no lo interpretan exactamente igual que interpretamos la cultura popular, entiendo que hay que darle una vuelta al concepto. ¿Por qué? Porque las emociones son respuestas químicas de nuestro cerebro, son respuestas adaptativas, es decir, los mamíferos superiores las sienten.

Gracias al miedo, corro de mi depredador, por tanto, no es malo, porque si no me comería. Gracias al enfado, me enfrento a un obstáculo en mi vida y puedo superarlo, por tanto, no es malo, sino me aplastaría ese obstáculo. Gracias al asco, rechazo la carne podrida y no me muero por una infección. Gracias a la tristeza, que es la emoción sin química, puedo resetear mi cerebro por decirlo de alguna manera; es decir, yo no puedo estar en una vivencia emocional emergente, profunda, todo el tiempo porque entonces estallaría.

¿Qué son las emociones?

Las emociones son química que se produce en nuestro cerebro como una respuesta innata y adaptativa. Por tanto, las emociones no son ni buenas ni malas, hay que aprender a sentirlas todas. Lo que sí es cierto es que, cuando las siento, debo reconocerlas, saber cómo responde mi cuerpo ante esa situación emocional y regularlas. Es decir, yo puedo estar enfadada por lo que tú me estás diciendo, por ejemplo, pero debo reconocer que estoy enfadada, debo reconocer que mi cara se está empezando a poner roja, debo reconocer que mis puños se están apretando, que la plataforma de acción sería el ataque y, cuando lo reconozco, puedo regularlo. Por tanto, no hay que dejar de sentir enfado, pero puedo regular no pegarte.

Este proceso es el que necesitamos incorporar en el entrenamiento y en el aprendizaje de nuestros hijos y de nuestros alumnos. Pero, probablemente por la influencia de la cultura popular, se nos ha dicho siempre que enfadarte "es nocivo", que miedo "no se siente", que los niños "no lloran"... Y toda esta cultura popular nos ha llevado a, incluso la tristeza, vivirla en casa y que los demás no te vean triste o débil. Esto nos ha hecho mucho más débiles.

Emociones y sentimientos no son lo mismo

Es necesario sentir todas las emociones; pero ojo, emoción y sentimiento no es lo mismo. La emoción necesitamos vivirla toda; el sentimiento ya es una traducción cognitiva de nuestra emoción por el recuerdo. Es decir, ya he sentido eso antes y mi cerebro segrega la misma química, aunque no esté sucediendo y por eso es más diluido y se estabiliza en el tiempo. Esto significa que, de la ira, que es una emoción, si yo la anclo puedo convertirla en odio. Y el odio sí que es negativo. Entonces los sentimientos sí que pueden llegar a ser positivos o negativos, la emoción no. Hemos confundido emoción y sentimiento incluso con valores.

Es verdad que estamos en un momento en el que todo el mundo escribe millones de teorías que salen alrededor y que, cuatro cosas simples y claras, nos facilitarían mucho la vida. Cuando un niño siente asco, rechaza, pero es que esto es bueno. ¿Qué sucede cuando un niño ancla la emoción de asco y la convierte en su sentimiento en relación a la escuela?, ese niño nunca podrá aprender nada.

Si un niño siente miedo, le salva la vida, es como cuando vas conduciendo y pones el coche a 200, sintiendo miedo. Pues menos mal, es que si no te matarías. Pero si te conviertes en una persona asustada, si te conviertes en invisible en el cole por miedo, evidentemente tu cerebro está en una situación de huida, solo quieres que termine el día e irte. Por tanto, no puedes aprender. La clave quizá estaría en que intentásemos entender la diferencia entre emoción y sentimiento e incluso actitudes de valores, y, a partir de aquí, poder reconocerla y utilizarla siempre para nuestro propio crecimiento personal.

Mar Romera. Maestra y psicopedagoga

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