Actualizado 26/07/2021 11:50 CET

Nueva evidencia: el castigo físico tiene el efecto contrario a corregir conductas

El castigo físico es una mala idea que da lugar a los efectos secundarios a los que se buscan.
El castigo físico da lugar a los efectos contrarios a los que se buscan. - ISTOCK

¿Cómo corregir un mal comportamiento? La pedagogía y el diálogo son las dos herramientas que los especialistas recomiendan para mejorar estas conductas. Sin embargo en muchas familias se apuesta por el castigo físico. No son pocos los padres que creen que un "azote" a tiempo pueden solventar muchos problemas. Pero estos no pueden estar más equivocados tal y como indica un nuevo estudio desarrollado por la Universidad de Texas y publicado en la revista Science Daily.

Si ya existían diversas evidencias de que el castigo físico tiene el efecto contrario al de corregir una conducta, este trabajo asegura que apostar por estas prácticas hará que el niño muestre una mayor predisposición a tener problemas de comportamiento y que sus capacidades se reduzcan a lo largo del tiempo. Porque la verdad es que no existe ninguna evidencia de que estos azotes tengan efectos positivos en la educación de los niños.

Una mala decisión

Los responsables de este trabajo estiman que en la actualidad el 63% de los niños de entre dos y cuatro años, de todo el mundo, reciben este tipo de castigos. Para realizar este trabajo los autores revisaron otras 69 investigaciones previas que se habían centrado en este tipo de reprimendas, entre las que se incluían bofetadas y azotes. De esta forma, los autores encontraron que ninguno de estos "correctivos" se asocia con un cambio positivo en el comportamiento de los hijos.

De hecho, nada más lejos de la realidad, el castigo físico incrementa el riesgo de que los más pequeños desarrollen comportamientos violentos severos. Entre las consecuencias más evidentes de este tipo de reprimendas era el desarrollo de malos comportamientos, dándose el efecto contrario al que se puede buscar a la hora de educar. De hecho, a mayor frecuencia de azotes o bofetadas, mayor probabilidad existía.

Ana Heilman, una de las autoras de este trabajo, indica que las evidencias de este trabajo son bastante sólidas como para que sea evidente que se producen graves problemas de conducta y por ello se anima a que los legisladores impulsen medidas para proteger a los niños respecto a estos castigos físicos para ponerles fin ya que el efecto que produce es justamente el contrario al que se busque y solo se produce un empeoramiento de las conductas.

Alternativas al castigo físico

Siempre hay una mejor forma de evitar el castigo físico y mejores formas de educar. Así lo indican desde la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en riesgo, ANAR:

- Dedicar tiempo a estar con los hijos, hablando con ellos y compartiendo sus juegos. Un regalo importante desde edades tempranas y en el que los padres deben preguntar sobre su día a día para que normalicen la presencia de problemas y el diálogo como vía para solucionarlos, construyendo una convivencia positiva.

- Ponerse de acuerdo en torno a límites y consecuencias respecto a los malos comportamientos de los hijos para que puedan crecer y evolucionen en torno a unas normas que deben cumplir.

- Adaptar las normas y límites a la edad de los hijos, teniendo en cuenta etapas tan importantes como la adolescencia a las que habrá que adaptar para facilitar su cumplimiento.

- Escuchar a los hijos. Si se quebranta alguna de estas normas, antes de aplicar las consecuencias es recomendable escuchar las razones de los hijos para que estos se sientan parte de la familia y con un punto de vista que se tiene en cuenta.

- Ser coherentes en la aplicación de las consecuencias con los hijos, siendo esta respuesta totalmente coherente con el comportamiento que se quiere solucionar.

- Servir de ejemplo para los hijos, nunca demostrando comportamientos violentos ni agresivos a la hora de resolver conflictos ya que entenderán estas actitudes como correctas a la hora de poner solución a los problemas.

- Nunca dejarse llevar por impulsos y detenerse a pensar. Incluso, si es necesario, aplazar la conversación con los hijos hasta que no se tenga el temple necesario para dialogar.

Damián Montero

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